BENEDICTO XVI EN
LOURDES
12-15 de Septiembre de 2008
Discursos del Papa en el 150
aniversario de las apariciones de la Virgen de Lourdes
Homilía de la
Santa Misa por el 150 aniversario de las Apariciones Marianas de Lourdes
Señores Cardenales, Querido Mons. Perrier,
Queridos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio,
Queridos peregrinos,
Hermanos y hermanas
"Id y decid a los sacerdotes que vengan en procesión y que se construya aquí una
capilla". Éste es el mensaje que Bernadette recibió de la "Hermosa
Señora" en las apariciones del 2 de marzo de 1858. Desde hace ciento cincuenta
años, los peregrinos nunca han dejado de venir a la gruta de Massabielle para escuchar el
mensaje de conversión y esperanza. Y también nosotros, estamos aquí esta mañana a los
pies de María, la Virgen Inmaculada, para acudir a su escuela con la pequeña Bernadette.
Agradezco muy especialmente a Monseñor Jacques Perrier, Obispo de Tarbes y Lourdes, por
la calurosa acogida que me ha brindado y por las amables palabras que me ha dirigido.
Saludo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a los
religiosos y a las religiosas, así como a todos vosotros, queridos peregrinos de Lourdes,
especialmente a los enfermos. Habéis venido aquí en gran número para realizar esta
peregrinación jubilar conmigo y encomendar a Nuestra Señora vuestras familias, vuestros
parientes y amigos y todas vuestras intenciones. Mi gratitud se dirige también a las
Autoridades civiles y militares, presentes en esta celebración eucarística.
"¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro" (S. Andrés de
Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020). En este día en el
que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el
Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio:
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf. Jn
3,16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente
hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8). Por su Cruz hemos sido salvados. El
instrumento de suplicio que mostró, el Viernes Santo, el juicio de Dios sobre el mundo,
se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de
reconciliación y de paz. "Para ser curados del pecado, miremos a Cristo
crucificado", decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11).
Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado
del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz
gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los
hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha
surgido de nuevo la vida. Sobre este árbol, Jesús nos revela su majestad soberana, nos
revela que Él es el exaltado en la gloria. Sí, "venid a adorarlo". En medio de
nosotros se encuentra Quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros, Quien invita a
todo ser humano a acercarse a Él con confianza.
Es el gran misterio que María nos confía también esta mañana invitándonos a volvernos
hacia su Hijo. En efecto, es significativo que, en la primera aparición a Bernadette,
María comience su encuentro con la señal de la Cruz. Más que un simple signo,
Bernadette recibe de María una iniciación a los misterios de la fe. La señal de la Cruz
es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios;
nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras
debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este
misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló
aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que
sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para
encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.
La Iglesia ha recibido la misión de mostrar a todos el rostro amoroso de Dios,
manifestado en Jesucristo. ¿Sabremos comprender que en el Crucificado del Gólgota está
nuestra dignidad de hijos de Dios que, empañada por el pecado, nos fue devuelta? Volvamos
nuestras miradas hacia Cristo. Él nos hará libres para amar como Él nos ama y para
construir un mundo reconciliado. Porque, con esta Cruz, Jesús cargó el peso de todos los
sufrimientos e injusticias de nuestra humanidad. Él ha cargado las humillaciones y
discriminaciones, las torturas sufridas en numerosas regiones del mundo por muchos
hermanos y hermanas nuestros por amor a Cristo. Les encomendamos a María, Madre de Jesús
y Madre nuestra, presente al pie de la Cruz.
Para acoger en nuestras vidas la Cruz gloriosa, la celebración del jubileo de las
apariciones de Nuestra Señora en Lourdes nos ha permitido entrar en una senda de fe y
conversión. Hoy, María sale a nuestro encuentro para indicarnos los caminos de la
renovación de la vida de nuestras comunidades y de cada uno de nosotros. Al acoger a su
Hijo, que Ella nos muestra, nos sumergimos en una fuente viva en la que la fe puede
encontrar un renovado vigor, en la que la Iglesia puede fortalecerse para proclamar cada
vez con más audacia el misterio de Cristo. Jesús, nacido de María, es el Hijo de Dios,
el único Salvador de todos los hombres, vivo y operante en su Iglesia y en el mundo. La
Iglesia ha sido enviada a todo el mundo para proclamar este único mensaje e invitar a los
hombres a acogerlo mediante una conversión auténtica del corazón. Esta misión, que fue
confiada por Jesús a sus discípulos, recibe aquí, con ocasión de este jubileo, un
nuevo impulso. Que siguiendo a los grandes evangelizadores de vuestro País, el espíritu
misionero que animó tantos hombres y mujeres de Francia a lo largo de los siglos, sea
todavía vuestro orgullo y compromiso.
Siguiendo el recorrido jubilar tras las huellas de Bernadette, se nos recuerda lo esencial
del mensaje de Lourdes. Bernadette era la primogénita de una familia muy pobre, sin
sabiduría ni poder, de salud frágil. María la eligió para transmitir su mensaje de
conversión, de oración y penitencia, en total sintonía con la palabra de Jesús:
"Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a
la gente sencilla" (Mt 11,25). En su camino espiritual, también los cristianos
están llamados a desarrollar la gracia de su Bautismo, a alimentarse de la Eucaristía, a
sacar de la oración la fuerza para el testimonio y la solidaridad con todos sus hermanos
en la humanidad (cf. Homenaje a la Inmaculada Concepción, Plaza de España, 8 diciembre
2007). Es, pues, una auténtica catequesis la que también a nosotros se nos propone, bajo
la mirada de María. Dejémonos también nosotros instruir y guiar en el camino que
conduce al Reino de su Hijo.
Continuando su catequesis, la "Hermosa Señora" revela su nombre a Bernadette:
"Yo soy la Inmaculada Concepción". María le desvela de este modo la gracia
extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado, porque "ha
mirado la humillación de su esclava" (cf. Lc 1,48). María es la mujer de nuestra
tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la
vida humana a su eterno Hijo. "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra" (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la
nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María
expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento
de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos
desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado,
pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida
cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos
de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios,
el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su
imagen y semejanza.
Queridos hermanos y hermanas, la vocación primera del santuario de Lourdes es ser un
lugar de encuentro con Dios en la oración, y un lugar de servicio fraterno, especialmente
por la acogida a los enfermos, a los pobres y a todos los que sufren. En este lugar,
María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus
hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, se trasparenta la misericordia de Dios.
Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que Dios nos ama y nunca nos abandona.
María nos recuerda aquí que la oración, intensa y humilde, confiada y perseverante debe
tener un puesto central en nuestra vida cristiana. La oración es indispensable para
acoger la fuerza de Cristo. "Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga
pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción" (Deus
caritas est, n. 36). Dejarse absorber por las actividades entraña el riesgo de quitar de
la plegaria su especificad cristiana y su verdadera eficacia. En el Rosario, tan querido
para Bernadette y los peregrinos en Lourdes, se concentra la profundidad del mensaje
evangélico. Nos introduce en la contemplación del rostro de Cristo. De esta oración de
los humildes podemos sacar copiosas gracias.
La presencia de los jóvenes en Lourdes es también una realidad importante. Queridos
amigos aquí presentes esta mañana alrededor de la Cruz de la Jornada Mundial de la
Juventud, cuando María recibió la visita del ángel, era una jovencita en Nazaret, que
llevaba la vida sencilla y animosa de las mujeres de su pueblo. Y si la mirada de Dios se
posó especialmente en Ella, fiándose, María quiere deciros también que nadie es
indiferente para Dios. Él os mira con amor a cada uno de vosotros y os llama a una vida
dichosa y llena de sentido. No dejéis que las dificultades os descorazonen. María se
turbó cuando el ángel le anunció que sería la Madre del Salvador. Ella conocía
cuánta era su debilidad ante la omnipotencia de Dios. Sin embargo, dijo "sí"
sin vacilar. Y gracias a su sí, la salvación entró en el mundo, cambiando así la
historia de la humanidad. Queridos jóvenes, por vuestra parte, no tengáis miedo de decir
sí a las llamadas del Señor, cuando Él os invite a seguirlo. Responded generosamente al
Señor. Sólo Él puede colmar los anhelos más profundos de vuestro corazón. Sois muchos
los que venís a Lourdes para servir esmerada y generosamente a los enfermos o a otros
peregrinos, imitando así a Cristo servidor. El servicio a los hermanos y a las hermanas
ensancha el corazón y lo hace disponible. En el silencio de la oración, que María sea
vuestra confidente, Ella que supo hablar a Bernadette con respeto y confianza. Que María
ayude a los llamados al matrimonio a descubrir la belleza de un amor auténtico y
profundo, vivido como don recíproco y fiel. A aquellos, entre vosotros, que Él llama a
seguirlo en la vocación sacerdotal o religiosa, quisiera decirles la felicidad que existe
en entregar la propia vida al servicio de Dios y de los hombres. Que las familias y las
comunidades cristianas sean lugares donde puedan nacer y crecer sólidas vocaciones al
servicio de la Iglesia y del mundo.
El mensaje de María es un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las
mujeres de nuestro tiempo, sean del país que sean. Me gusta invocar a María como
"Estrella de la esperanza" (Spe salvi, n. 50). En el camino de nuestras vidas, a
menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos orienta en nuestro
caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma, Ella abrió a Dios las puertas de
nuestro mundo y nuestra historia. Nos invita a vivir como Ella en una esperanza
inquebrantable, rechazando escuchar a los que pretenden que nos encerremos en el
fatalismo. Nos acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes personales,
familiares y nacionales. Dichosos los hombres y las mujeres que ponen su confianza en
Aquel que, en el momento de ofrecer su vida por nuestra salvación, nos dio a su Madre
para que fuera nuestra Madre.
Queridos hermanos y hermanas, en Francia, la Madre del Señor es venerada en innumerables
santuarios, que manifiestan así la fe transmitida de generación en generación.
Celebrada en su Asunción, Ella es la amada patrona de vuestro país. Que Ella sea siempre
venerada con fervor en cada una de vuestras familias, de vuestras comunidades religiosas y
parroquiales. Que María vele sobre todos los habitantes de vuestro hermoso País y sobre
todos los numerosos peregrinos que han venido de otros países a celebrar este jubileo.
Que Ella sea para todos la Madre que acompaña a sus hijos tanto en sus gozos como en sus
pruebas. Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñanos a creer, a esperar y a
amar contigo. Muéstranos el camino hacia el Reino de tu Hijo Jesús. Estrella del mar,
brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino (cf. Spe salvi, n. 50). Amén.
Discurso del Santo Padre al finalizar la procesión mariana de las antorchas en Lourdes
Querido Monseñor Perrier, Obispo de Tarbes y Lourdes,
Queridos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio,
Queridos peregrinos, queridos hermanos y hermanas
Hace ciento cincuenta años, el 11 de febrero de 1858, en el lugar llamado la gruta de
Massabielle, apartada del pueblo, una simple muchacha de Lourdes, Bernadette Soubirous,
vio una luz y, en la luz, una mujer joven "hermosa, la más hermosa". La mujer
le habló con dulzura y bondad, respeto y confianza: "Me hablaba de Usted (narra
Bernadette)... ¿Querrá Usted venir aquí durante quince días? (le pregunta la
Señora)... Me miró como una persona que habla a otra persona". En la conversación,
en el diálogo impregnado de delicadeza, la Señora le encarga transmitir algunos mensajes
muy simples sobre la oración, la penitencia y la conversión. No es de extrañar que
María fuera hermosa, porque, en las apariciones del 25 de marzo de 1858, ella misma
revela su nombre de este modo: "Yo soy la Inmaculada Concepción".
Contemplemos también nosotros a esta Mujer vestida de sol de la que nos habla la
Escritura (cf. Ap 12,1). La Santísima Virgen María, la Mujer gloriosa del Apocalipsis,
lleva sobre su cabeza una corona de doce estrellas que representan las doce tribus de
Israel, todo el pueblo de Dios, toda la comunión de los santos, y a sus pies la Luna,
imagen de la muerte y la mortalidad. María ha dejado atrás la muerte, está
completamente revestida de vida, la vida de su Hijo, Cristo resucitado. Así es signo de
la victoria del amor, de la bondad y de Dios, dando a nuestro mundo la esperanza que
necesita. Volvamos esta noche la mirada hacia María, tan gloriosa y tan humana,
dejándola que nos lleve a Dios que es el vencedor.
Muchos fueron testigos: el encuentro con el rostro luminoso de Bernadette conmovía los
corazones y las miradas. Tanto durante las apariciones mismas como cuando las contaba, su
rostro era radiante. Bernadette estaba transida ya por la luz de Massabielle. La vida
cotidiana de la familia Soubirous estaba hecha de dolor y miseria, de enfermedad e
incomprensión, de rechazo y pobreza. Aunque no faltara amor y calor en el trato familiar,
era difícil vivir en aquella especie de mazmorra. Sin embargo, las sombras terrenas no
impedían que la luz del cielo brillara. "La luz brilla en la tiniebla" (Jn 1,
5).
Lourdes es uno de los lugares que Dios ha elegido para reflejar un destello especial de su
belleza, por ello la importancia aquí del símbolo de la luz. Desde la cuarta aparición,
Bernadette, al llegar a la gruta, encendía cada mañana una vela bendecida y la tenía en
la mano izquierda mientras se aparecía la Virgen. Muy pronto, la gente comenzó a dar a
Bernadette una vela para que la pusiera en tierra al fondo de la gruta. Por eso muy
pronto, algunos comenzaron a poner velas en este lugar de luz y de paz. La misma Madre de
Dios hizo saber que le agradaba este homenaje de miles de antorchas que, desde entonces,
mantienen iluminada sin cesar, para su gloria, la roca de la aparición. Desde entonces,
ante la gruta, día y noche, verano e invierno, un enramado ardiente brilla rodeado de las
oraciones de los peregrinos y enfermos, que expresan sus preocupaciones y necesidades,
pero sobre todo su fe y su esperanza.
Al venir en peregrinación aquí, a Lourdes, queremos entrar, siguiendo a Bernadette, en
esta extraordinaria cercanía entre el cielo y la tierra que nunca ha faltado y que se
consolida sin cesar. Hay que destacar que, durante las apariciones, Bernadette reza el
Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Este
hecho confirma en realidad el carácter profundamente teocéntrico de la oración del
Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para
contemplar la vida de su Hijo, Jesucristo. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II vino
aquí, a Lourdes, en dos ocasiones. Sabemos cuánto se apoyaba su oración en la
intercesión de la Virgen María, tanto en su vida como en su ministerio. Como muchos de
sus Predecesores en la sede de Pedro, también él promovió vivamente la oración del
Rosario; lo hizo, entre otras, de una forma muy singular, enriqueciendo el Santo Rosario
con la meditación de los Misterios Luminosos. Están representados en los nuevos mosaicos
de la fachada de la Basílica inaugurados el año pasado. Como con todos los
acontecimientos de la vida de Cristo que Ella "conservaba meditándolos en su
corazón" (cf. Lc 2,19), María nos hace comprender todas las etapas del ministerio
público como parte integrante de la revelación de la gloria de Dios. Lourdes, tierra de
luz, sigue siendo una escuela para aprender a rezar el Rosario, que inicia al discípulo
de Jesús, bajo la mirada de su Madre, en un diálogo cordial y verdadero con su Maestro.
Por boca de Bernadette, oímos a la Virgen María que nos pide venir aquí en procesión
para orar con fervor y sencillez. La procesión de las antorchas hace presente ante
nuestros ojos de carne el misterio de la oración: en la comunión de la Iglesia, que une
a los elegidos del cielo y a los peregrinos de la tierra, la luz brota del diálogo entre
el hombre y su Señor, y se abre un camino luminoso en la historia humana, incluidos sus
momentos más oscuros. Esta procesión es un momento de gran alegría eclesial, pero
también de gravedad: las intenciones que presentamos subrayan nuestra profunda comunión
con todos los que sufren. Pensamos en las víctimas inocentes que padecen la violencia, la
guerra, el terrorismo, la penuria, o que sufren las consecuencias de la injusticia, de las
plagas, de las calamidades, del odio y de la opresión, de la violación de su dignidad
humana y de sus derechos fundamentales, de su libertad de actuar y de pensar. Pensamos
también en quienes tienen arduos problemas familiares o en quienes sufren por el
desempleo, la enfermedad, la discapacidad, la soledad o por su situación de inmigrantes.
No quiero olvidar a los que sufren a causa del nombre de Cristo y que mueren por Él.
María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad
fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren. ¿Cómo es posible
que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro ser y nuestra vida entera
pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad para nuestro prójimo? Lourdes es un
lugar de luz, porque es un lugar de comunión, esperanza y conversión.
Al caer la noche, hoy Jesús nos dice: "Tened encendidas vuestras lámparas"
(cf. Lc 12,35); la lámpara de la fe, de la oración, de la esperanza y del amor. El gesto
de caminar de noche llevando la luz, habla con fuerza a nuestra intimidad más honda, toca
nuestro corazón y es más elocuente que cualquier palabra dicha u oída. El gesto resume
por sí solo nuestra condición de cristianos en camino: necesitamos la luz y, a la vez,
estamos llamados a ser luz. El pecado nos hace ciegos, nos impide proponernos como guía
para nuestros hermanos, y nos lleva a desconfiar de ellos para dejarnos guiar. Necesitamos
ser iluminados y repetimos la súplica del ciego Bartimeo: "Maestro, que pueda
ver" (Mc 10, 51). Haz que vea el pecado que me encadena, pero sobre todo, Señor, que
vea tu gloria. Sabemos que nuestra oración ya ha sido escuchada y damos gracias porque,
como dice San Pablo en su Carta a los Efesios, "Cristo será tu luz" (Ef 5,14),
y San Pedro y añade: "[Dios] os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz
maravillosa" (1 P 2,9).
A nosotros, que no somos la luz, Cristo puede decirnos a partir de ahora: "Vosotros
sois la luz del mundo" (Mt 5,14), encomendándonos la tarea de hacer brillar la luz
de la caridad. Como escribe el Apóstol san Juan: "El que ama a su hermano, permanece
en la luz, y no hay nada que lo haga caer" (1 Jn 2,10). Vivir el amor cristiano es al
mismo tiempo hacer entrar en el mundo la luz de Dios e indicar su verdadero origen. Así
lo dice San León Magno: "En efecto, todo el que vive pía y castamente en la
Iglesia, que aspira a las cosas de lo alto y no a las de la tierra (cf. Col 3,2), es en
cierto modo como la luz celeste; en cuanto observa él mismo el fulgor de una vida santa,
muestra a muchos, como una estrella, el camino hacia Dios" (Sermón III, 5).
En este santuario de Lourdes al que vuelven sus ojos los cristianos de todo el mundo desde
que la Virgen María hizo brillar la esperanza y el amor al dar el primer puesto a los
enfermos, los pobres y los pequeños, se nos invita a descubrir la sencillez de nuestra
vocación: Basta con amar.
Mañana, la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz nos hará entrar precisamente
en el corazón de este misterio. En esta vigilia, nuestra mirada se dirige hacia el signo
de la Nueva Alianza en la que converge toda la vida de Jesús. La Cruz constituye el
supremo y perfecto acto de amor de Jesús, que da la vida por sus amigos. "Así tiene
que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el cree en él tenga vida eterna"
(Jn 3, 14-15).
Anunciada ya en los Cantos del Siervo de Dios, la muerte de Jesús es una muerte que se
convierte en luz para los pueblos; una muerte que, en relación con la liturgia de
expiación, trae la reconciliación, la muerte que marca el fin de la muerte. Desde
entonces, la Cruz es signo de esperanza, el estandarte de la victoria de Jesús
"Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca
ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna" (Jn 3,16).Toda nuestra
vida recibe luz, fuerza y esperanza por la Cruz. Por ella se revela toda la hondura de
amor que encierra el designio original del Creador; por ella, todo es sanado y llevado a
su plenitud. Por eso la vida en la fe en Cristo muerto y resucitado se convierte en luz.
Las apariciones estuvieron rodeadas por la luz y Dios ha querido encender en la mirada de
Bernadette una llama que ha convertido innumerables corazones. ¿Cuántos vienen aquí
para ver, esperando quizás secretamente recibir alguna gracia; después, en el camino de
regreso, habiendo hecho una experiencia espiritual de vida auténticamente eclesial,
vuelven su mirada a Dios, a los otros y a sí mismos. Les llena una pequeña llama con el
nombre de esperanza, compasión, ternura. El encuentro discreto con Bernadette y la Virgen
María puede cambiar una vida, pues están presentes en este lugar de Massabielle para
llevarnos a Cristo que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz. Que la Virgen María
y Santa Bernadette os ayuden a vivir como hijos de la luz para ser testigos cada día en
vuestra vida de que Cristo es nuestra luz, nuestra esperanza y nuestra vida.
Homilía del Papa en la Explanada de los Inválidos de París
Señor Cardenal Vingt-Trois,
Señores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado,
Hermanos y hermanas en Cristo
Jesucristo nos reúne en este maravilloso lugar, en el corazón de París, en un día en
que la Iglesia universal celebra la fiesta de San Juan Crisóstomo, uno de sus más
grandes doctores que, con su testimonio de vida y su enseñanza, mostró eficazmente a los
cristianos el camino a seguir. Saludo con gozo a todas las Autoridades que me han acogido
en esta noble ciudad, especialmente al Cardenal André Vingt-Trois, a quien agradezco las
amables palabras que me ha dirigido. También saludo a los Obispos, Sacerdotes y Diáconos
que me acompañan en la celebración del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las
personalidades, particularmente al Señor Primer Ministro, que han querido estar presentes
aquí esta mañana; les aseguro mi oración ferviente por el cumplimiento de su noble
misión de servir a sus conciudadanos.
La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en este año
Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qué punto sigue siendo actual el consejo
dado por el Apóstol."No tengáis que ver con la idolatría" (1 Co 10, 14),
escribió a una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la adhesión a la
novedad del Evangelio y la observancia de las viejas prácticas heredadas de sus
antepasados. No tener que ver con los ídolos significaba entonces dejar de honrar a los
dioses del Olimpo, dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los ídolos era
seguir las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la
tendencia del espíritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios. Como dice el
Salmo 113 a propósito de las estatuas de los ídolos, éstas no son más que "oro y
plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen,
narices y no huelen" (vv. 4-5). Fuera del pueblo de Israel, que había recibido la
revelación del Dios único, el mundo antiguo era esclavo del culto a los ídolos. Los
errores del paganismo, muy visibles en Corinto, debían ser denunciados porque eran una
potente alienación y desviaban al hombre de su verdadero destino. Impedían reconocer que
Cristo es el único Salvador, el único que indica al hombre el camino hacia Dios.
Este llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy. ¿Acaso nuestro
mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás sin saberlo, a los
paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre
con Dios? Ésta es una cuestión que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un día
u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar? La palabra
"ídolo" viene del griego y significa "imagen", "figura",
"representación", pero también "espectro", "fantasma",
"vana apariencia". El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le sirve de la
realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, ¿no es ésta una
tentación propia de nuestra época, la única sobre la que podemos actuar de forma
eficaz? Es la tentación de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias,
o un futuro que aún no existe, creyendo que el ser humano hará llegar con sus propias
fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra. San Pablo dice a los Colosenses
que la codicia insaciable es una idolatría (cf. 3,5) y recuerda a su discípulo Timoteo
que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Por entregarse a ella, precisa,
muchos, arrastrados por la codicia "se han apartado de la fe y se han acarreado
muchos sufrimientos" (1 Tm 6, 10). El dinero, el afán de tener, de poder e incluso
de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin?
Queridos hermanos y hermanas, la cuestión que plantea la liturgia de este día encuentra
su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros padres en la fe, y en
particular del mismo San Pablo (cf.1 Co 11,23). Comentando este texto, San Juan
Crisóstomo, observa que San Pablo condena severamente la idolatría como una "falta
grave", un "escándalo", una verdadera "peste" (Homilía 24 sobre
la primera carta a los Corintios, 1). E inmediatamente añade que la condena radical de la
idolatría no es en modo alguno una condena de la persona del idólatra. Nunca hemos de
confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del que no
podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad
de convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la razón de sus lectores, la razón de
todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del Creador en la criatura: "Os
hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo" (1 Co10, 15).
Dios, del que el Apóstol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su
razón. La razón nunca está en contradicción real con la fe. El único Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, ha creado la razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad
que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el
culto a los ídolos, y la razón misma puede fabricar ídolos. Pidamos a Dios, pues, que
nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros ídolos para acceder
a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser infinito.
¿Cómo llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca
en lo más profundo de sí mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí? San Pablo nos
invita a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo.
Ahora bien, ¿qué nos dice la fe? El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de
Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de
Cristo. Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por
los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil años: Cristo instituyó el
sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera
renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la
consagración del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la
capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor
resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa expresión de San
Agustín, "más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad" (cf.
Confesiones, III, 6.11).
Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del
Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia real del Señor en su Iglesia y en toda
la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. Démosle
nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede
desvaída en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la
Eucaristía. Como dijo magistralmente San Juan Crisóstomo:"Consideremos los favores
inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la
copa, cuando comulgamos, dándole gracias por haber liberado al género humano del error,
por haber acercado a él a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados
y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios"
(Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo,
"lo que está en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo
que participamos" (ibíd.). No se trata sólo de participar y compartir, sino que hay
"unión", nos dice.
La Misa es el sacrificio de acción de gracias por excelencia, el que nos permite unir
nuestra propia acción de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por sí
misma, la Misa nos invita también a huir de los ídolos, porque, como reitera San Pablo,
"no podéis participar en dos mesas, la del Señor y la de los malos espíritus"
(1 Co 10,21). La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Espíritu de
Dios y lo que en nosotros aún permanece a la escucha del espíritu del mal. En la Misa
sólo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud con "acción de
gracias"- el clamor del salmista:"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me
ha hecho?" (Sal 116,12). Sí, ¿cómo dar gracias al Señor por la vida que me ha
dado? La respuesta a la pregunta del salmista está en el mismo Salmo, pues la Palabra de
Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¿Cómo pagar al Señor todo
el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: "Alzaré la copa de la
salvación, invocando su nombre" (Sal 116,13)?
Alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es precisamente la
mejor manera de"no tener que ver con la idolatría", como nos pide San Pablo?
Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en
su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvación. Celebrar la Eucaristía significa,
por tanto, reconocer que sólo Dios puede darnos la felicidad plena, enseñándonos los
verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinarán. Dios está presente en el
altar, pero también está presente en el altar de nuestro corazón cuando en la comunión
le recibimos en el sacramento de la Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir de los
ídolos, espejismos del pensamiento.
Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ¿quién puede alzar la copa de la salvación e
invocar el nombre del Señor en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote
ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de París y de la
región parisina, así como los venidos de toda Francia y de otros países vecinos,
permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes
que se plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo!
¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los
sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del
mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la
llamada de Cristo. San Juan Crisóstomo, en suTratado sobre el sacerdocio, puso de
manifiesto cómo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero es el ejemplo
vivo de la acción de Dios en el corazón de una libertad humana que se deja formar por la
gracia.
Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio, nos damos
cuenta de que Él mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos invita a construir
nuestra casa "sobre roca"(Lc 6,48). ¿Quién es esta roca sino Él mismo?
Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo adquieren su verdadera dimensión si las
referimos al mensaje del Evangelio. "Lo que rebosa del corazón, lo habla la
boca" (Lc 6, 45). Cuando hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando
pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios?
Cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez más
San Juan Crisóstomo: "Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos
en la misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad? ¿Por qué, por lo
mismo, no nos convertimos en un todo único?... Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu
encuentro, a ti que estabas tan lejos de Él, para unirse a ti; y tú, ¿no quieres unirte
a tu hermano?" (Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 2).
La esperanza seguirá siempre la más fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca de
Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean más santos que los
demás, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: "Tú eres Pedro y sobre esta
piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará" (Mt
16,18-19). Con la inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada una de
nuestras almas, con la alegría de saber que Cristo está con nosotros hasta el final de
los tiempos, con la fuerza que el Espíritu Santo ofrece a todos aquellos y aquellas que
se dejan alcanzar por él, queridos cristianos de París y de Francia, os encomiendo a la
acción poderosa del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado
victoriosamente la mañana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me
escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los ídolos, no dejéis
de hacer el bien.
Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su gloria.
Que el Hijo único de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro
resucitado. Que el Espíritu Santo os colme de sus dones y os dé la alegría de conocer
la paz y la luz de la Santísima Trinidad, ahora y por siempre. Amén.
Homilía del Papa durante las Vísperas presididas ante sacerdotes y consagrados
Queridos Hermanos Cardenales y Obispos,
Señores Canónigos del Cabildo Catedral,
Señores Capellanes de Notre-Dame,
Queridos Sacerdotes y Diáconos,
Queridos amigos miembros de las Iglesias y comunidades eclesiales no católicas,
Queridos hermanos y hermanas
Bendito sea Dios que nos permite encontrarnos en un lugar tan entrañable para los
parisinos, pero también para todos los franceses. Bendito sea Dios, que nos da la gracia
de ofrecerle nuestra oración vespertina para alabarlo como se merece con las palabras que
la liturgia de la Iglesia ha heredado de la liturgia sinagogal celebrada por Cristo y sus
primeros discípulos. Sí, bendito sea Dios por venir en nuestro auxilio in
adiutorium nostrum- y ayudarnos a realizar la ofrenda del sacrificio de nuestros labios.
Estamos en la Iglesia Madre de la Diócesis de París, la catedral de Notre-Dame, que se
yergue en el corazón de la cité como un signo vivo de la presencia de Dios en medio de
los hombres. Mi Predecesor Alejandro III puso la primera piedra, los Papas Pío VII y Juan
Pablo II la honraron con su visita, y estoy feliz de seguir sus huellas, después de haber
estado aquí hace un cuarto de siglo para dictar una conferencia sobre catequesis. Es
difícil no dar gracias a Aquel que ha creado tanto la materia como el espíritu, por la
belleza del edificio que nos acoge. Los cristianos de Lutecia ya habían construido una
catedral dedicada a san Esteban, protomártir, pero, al quedar demasiado pequeña,
paulatinamente fue reemplazada, entre los siglos XII al XIV, por la que admiramos
actualmente. La fe de la Edad Media edificó catedrales, y vuestros antepasados vinieron
aquí para alabar a Dios, encomendarle sus esperanzas y profesarle su amor. Grandes
acontecimientos religiosos y civiles se desarrollaron en este santuario, en el que los
arquitectos, los pintores, los escultores y los músicos aportaron lo mejor de sí mismos.
Baste recordar, entre otros, los nombres del arquitecto Jean de Chelles, del pintor
Charles Le Brun, del escultor Nicolas Coustou y de los organistas Louis Vierne y Pierre
Cochereau. El arte, camino hacia Dios, y la oración coral, alabanza de la Iglesia al
Creador, ayudaron a Paul Claudel, que asistía a las Vísperas del día de Navidad de
1886, a encontrar el camino hacia una experiencia personal de Dios. Es significativo que
Dios haya iluminado su alma precisamente durante el canto del Magnificat, en el que la
Iglesia escucha el canto de la Virgen María, Patrona de estas tierras, que recuerda al
mundo que el Todopoderoso ha enaltecido a los humildes (cf. Lc 1,52). Teatro de
conversiones menos conocidas, pero no menos reales, cátedra donde predicadores del
Evangelio, como los Padres Lacordaire, Monsabré y Samson, supieron transmitir la llama de
su pasión a los auditorios más variados, la catedral de Notre-Dame permanece con razón
como uno de los monumentos más célebres del patrimonio de vuestro país. Las reliquias
del Lignum Crucis y de la corona de espinas, que acabo de venerar, como es costumbre desde
San Luis, han encontrado hoy un cofre digno de ellas, que constituye la ofrenda del
espíritu humano al Amor creador.
Bajo las bóvedas de esta histórica catedral, testigo de la constante comunicación que
Dios ha querido entablar entre los hombres y Él, la Palabra acaba de resonar bajo estas
bóvedas para ser la materia de nuestro sacrificio vespertino, evidenciado por la ofrenda
del incienso que hace visible la alabanza a Dios. Providencialmente, las palabras del
salmista describen la emoción de nuestra alma con una precisión que no nos habríamos
atrevido a imaginar: "¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del
Señor!" (Sal 121,1). Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: el gozo del
salmista, contenido en estas palabras del salmo, se expande en nuestros corazones y
suscita en ellos un eco profundo. Alegría en ir a la casa del Señor, porque, los Padres
nos lo han enseñado, esta casa no es más que el símbolo concreto de la Jerusalén de
arriba, la que desciende hacia nosotros (cf. Ap 21,2) para ofrecernos la más bella de las
moradas. "Si moramos en ella escribe san Hilario de Poitiers-, somos
conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, porque es la casa de
Dios" (Tratado sobre los salmos, 121,2). Y San Agustín reafirma: "Este salmo
aspira a la Jerusalén celeste. Es uno de los cánticos graduales, que no se compusieron
para bajar, sino para subir. En nuestro exilio, suspiramos, en la patria gozaremos; pero a
veces, durante nuestro exilio, nos encontramos con compañeros que han visto la ciudad
santa y que nos invitan a correr hacia ella" (Comentario sobre los salmos, 121, 2).
Queridos amigos, durante estas vísperas, nos unimos con el pensamiento y la oración a
las innumerables voces de los que han cantado este salmo, aquí mismo, antes que nosotros,
desde hace siglos y siglos. Nos unimos a los peregrinos que subían a Jerusalén y las
gradas de su templo, nos unimos a los millares de hombres y mujeres que comprendieron que
su peregrinación en la tierra encuentra su meta en el cielo, en la Jerusalén eterna, y
que confiaron en Cristo como guía. ¡Qué gozo, pues, saber que estamos rodeados por tan
gran muchedumbre de testigos!
Nuestra peregrinación hacia la ciudad santa no sería posible, si no se hiciera como
Iglesia, semilla y prefiguración de la Jerusalén de arriba. "Si el Señor no
construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Sal 126,1). Quién es este
Señor sino Nuestro Señor Jesucristo. Fue Él quien fundó la Iglesia, quien la ha
edificado sobre la roca, sobre la fe del Apóstol Pedro. Como dice también san Agustín:
"Es el Señor Jesucristo quien construye su propia casa. Muchos son los que trabajan
en la construcción, pero, si Él no construye, en vano se cansan los albañiles"
(Comentarios sobre los salmos, 126,2). Ahora bien, queridos amigos, Agustín se plantea la
cuestión de saber quiénes son los albañiles, y él mismo responde: "Todos los que
predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios.
Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora"; pero es sólo Dios
quien, en nosotros, "edifica, quien exhorta, quien amonesta, quien abre el
entendimiento, quien os conduce a las verdades de la fe" (Ibid.). ¡Qué maravilla
reviste nuestra actividad al servicio de la divina Palabra! Somos instrumentos del
Espíritu; Dios tiene la humildad de pasar a través de nosotros para sembrar su Palabra.
Llegamos a ser su voz después de haber vuelto el oído a su boca. Ponemos su Palabra en
nuestros labios para ofrecerla al mundo. La ofrenda de nuestra plegaria le es agradable y
le sirve para comunicarse con todos los que nos encontramos. En verdad, como dice Pablo a
los Efesios: "Él nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes
espirituales" (1,3), ya que nos ha escogido para ser sus testigos hasta los confines
de la tierra y nos ha elegido antes de nuestra concepción, por un don misterioso de su
gracia.
Su Palabra, el Verbo, que desde siempre esta junto a Él (cf. Jn 1,1), nació de una
mujer, nacido bajo la Ley, "para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que
recibiéramos el ser hijos por adopción (Ga4,4-5). El Hijo de Dios se encarnó en el seno
de una Mujer, de una Virgen. Vuestra catedral es un himno vivo de piedra y de luz para
alabanza de este acto único de la historia humana: la Palabra eterna de Dios entrando en
la historia de los hombres en la plenitud de los tiempos para rescatarlos por la ofrenda
de sí mismo en el sacrificio de la Cruz. Las liturgias de la tierra, ordenadas todas
ellas a la celebración de un Acto único de la historia, no alcanzarán jamás a expresar
totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza de los ritos nunca será lo
suficientemente esmerada, lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es demasiado
bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no podrán
ser más que un pálido reflejo de la liturgia, que se celebra en la Jerusalén de arriba,
meta de nuestra peregrinación en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo, se
le parezcan lo más posible y la hagan presentir.
Desde ahora, la Palabra de Dios nos ha sido dada para ser el alma de nuestro apostolado,
el alma de nuestra vida de sacerdotes. Cada mañana, la Palabra nos despierta. Cada
mañana, el Señor mismo nos "espabila el oído" (Is 50,5) para los salmos del
Oficio de Lecturas y Laudes. A lo largo de la jornada, la Palabra de Dios se convierte en
la materia de la oración de toda la Iglesia, que desea así dar testimonio de su
fidelidad a Cristo. Según la célebre fórmula de san Jerónimo, que será retomada por
la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos, en el próximo mes de octubre: "Ignorar
las Escrituras es ignorar a Cristo" (Prólogo del comentario a Isaías). Queridos
hermanos sacerdotes, no tengáis miedo de dedicar mucho tiempo a la lectura, a la
meditación de la Escritura y al rezo del Oficio divino. Casi sin saberlo, la Palabra
leída y meditada en la Iglesia actúa sobre vosotros y os transforma. Como manifestación
de la Sabiduría de Dios, si se transforma en la "compañera" de vuestra vida,
será vuestra "compañera en la prosperidad", vuestro "alivio en las
preocupaciones y tristezas" (Sab 8,9).
"La Palabra de Dios es viva y eficaz; más tajante que espada de doble filo",
como escribe el autor de la Carta a los Hebreos (4,12). A vosotros, queridos seminaristas,
que os preparáis para recibir el Sacramento del Orden, para participar en el triple
oficio de enseñar, regir y santificar, esta Palabra se os entrega como un bien precioso.
Gracias a ella, meditándola cotidianamente, entráis en la vida misma de Cristo que
estáis llamados a proclamar a vuestro alrededor. Con su Palabra, el Señor Jesús
instituyó el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre; con su Palabra, curó a los enfermos,
expulsó a los demonios, perdonó los pecados; por su Palabra, reveló a los hombres los
misterios escondidos del Reino. Estáis destinados a ser depositarios de esta Palabra
eficaz, que hace lo que dice. Conservad siempre el gusto por la Palabra de Dios. Aprended,
por su medio, a amar a todos los que encontréis en vuestro camino. Nadie sobra en la
Iglesia, nadie. Todo el mundo puede y debe encontrar su lugar.
Y vosotros, queridos Diáconos, colaboradores eficaces de los Obispos y Sacerdotes,
continuad amando la Palabra de Dios: proclamáis el Evangelio en la celebración
eucarística; lo comentáis en la catequesis a vuestros hermanos y hermanas; ponedlo en el
centro de vuestra vida, de vuestro servicio al prójimo, de toda vuestra diaconía. Sin
buscar sustituir a los presbíteros, sino ayudándolos con amistad y eficacia, sed
testigos vivos del poder infinito de la divina Palabra.
Por un título especial, los religiosos, las religiosas y todas las personas consagradas
viven de la Sabiduría de Dios, expresada en su Palabra. La profesión de los consejos
evangélicos os ha configurado, queridos consagrados, con Aquel que, por nosotros, se hizo
pobre, obediente y casto. Vuestra única riqueza -la única, verdaderamente, que
traspasará los siglos y el dintel de la muerte- es la Palabra del Señor. Él ha dicho:
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mt 24,35).
Vuestra obediencia es, etimológicamente, una escucha, ya que el vocablo
"obedecer" viene del latín obaudire, que significa tender el oído hacia algo o
alguien. Obedeciendo, volvéis vuestra alma hacia Aquel que es el Camino, la Verdad y la
Vida (cf. Jn 14,6) y que os dice, como san Benito enseñaba a sus monjes: "Escucha,
hijo mío, las instrucciones del maestro y prepara el oído de tu corazón" (Regla de
San Benito, Prólogo). En fin, dejaos purificar cada día por Aquel que nos dice: "A
todo sarmiento que da fruto, [mi Padre] lo poda, para que dé más fruto" (Jn 15,2).
La pureza de la divina Palabra es el modelo de vuestra propia castidad; garantía de
fecundidad espiritual.
Con una confianza inquebrantable en el poder de Dios que nos ha salvado "en
esperanza" (cf. Rom 8,24) y que quiere hacer de nosotros un solo rebaño bajo el
cayado de un solo pastor, Cristo Jesús, ruego por la unidad de la Iglesia. Saludo de
nuevo con respeto y afecto a los representantes de las Iglesias cristianas y de las
comunidades eclesiales, que han venido a rezar fraternalmente Vísperas con nosotros en
esta catedral. El poder de la Palabra de Dios es tal que podemos todos tener confianza en
él, como siempre lo hizo san Pablo, nuestro intercesor privilegiado en este año.
Despidiéndose en Mileto de los presbíteros de la ciudad de Éfeso, no dudó en dejarlos
en "manos de Dios y de su palabra, que es gracia" (Hch 20,32), poniéndolos en
guardia contra toda forma de división. Pido ardientemente al Señor que crezca en
nosotros el sentido de esta unidad de la Palabra de Dios, signo, prenda y garantía de la
unidad de la Iglesia: no un amor en la Iglesia sin amor a la Palabra, no una Iglesia sin
unidad en torno a Cristo redentor, no frutos de redención sin amor a Dios y al prójimo,
según los dos mandamientos que resumen toda la Escritura santa.
Queridos hermanos y hermanas, en Notre-Dame, tenemos el más hermoso ejemplo de fidelidad
a la Palabra divina. Esta fidelidad llegó hasta tal punto que se realizó en la
Encarnación: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra" (Lc 1,38), dijo María con una confianza absoluta. Nuestra oración
vespertina va a proclamar el Magnificat de Aquella a la que felicitan todas las
generaciones, porque creyó en la realización de las palabras que le fueron dichas de
parte del Señor (cf. Lc 1,45); Ella esperó contra toda esperanza en la resurrección de
su Hijo; amó a la humanidad hasta el punto que se le entregó como su Madre (cf. Jn
19,27). De este modo, "se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su
propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra
de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra
de Dios" (Deus caritas est, n. 41). Podemos decirle con serenidad: "Santa
María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo.
Indícanos el camino hacia su reino" (Spe salvi, n. 50). Amén.
Saludo del Santo Padre
a los jóvenes en el atrio de la Catedral de Notre Dame de París
Queridos jóvenes:
Después del recogimiento orante de las Vísperas en Notre-Dame, os saludo esta tarde con
entusiasmo, dando de este modo un carácter festivo y muy simpático a este encuentro.
Éste me recuerda el inolvidable del pasado julio en Sidney, en el cual algunos de
vosotros participasteis con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Esta tarde,
quisiera hablaros de dos temas profundamente vinculados el uno al otro, que constituyen un
auténtico tesoro en donde podéis poner vuestro corazón (cf. Mt 6,21).
El primero se refiere al escogido para Sidney, que es también el de la vigilia de
oración que va a comenzar dentro de unos instantes. Se trata del pasaje sacado de los
Hechos de los Apóstoles, libro que algunos llaman muy justamente el Evangelio del
Espíritu Santo: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis
fuerza para ser mis testigos" (Hechos 1,8). El Señor os lo dice a vosotros ahora.
Sidney hizo redescubrir a muchos jóvenes la importancia del Espíritu Santo, en nuestra
vida, en la vida del cristiano. El Espíritu nos pone en contacto íntimo con Dios, en
quien se encuentra la fuente de toda auténtica riqueza humana. Todos buscáis amar y ser
amados. Tenéis que volver a Dios para aprender a amar y para tener la fuerza de amar. El
Espíritu, que es Amor, puede abrir vuestros corazones para recibir el don del amor
auténtico. ¡Todos buscáis la verdad y queréis vivirla, vivir realmente!. Cristo es
esta verdad. Él es el único Camino, la única Verdad y la verdadera Vida. Seguir a
Cristo significa realmente "remar mar a dentro", como dicen varias veces los
Salmos. El camino de la Verdad es uno y al mismo tiempo múltiple, según los diversos
carismas, como la Verdad es una y al mismo tiempo de una riqueza inagotable. Confiad en el
Espíritu Santo para descubrir a Cristo. El Espíritu es el guía necesario de la
oración, el alma de nuestra esperanza y el manantial de la genuina alegría.
Para ahondar en estas verdades de fe, os invito a meditar en la grandeza del sacramento de
la Confirmación que habéis recibido y que os introduce en una vida de fe adulta. Es
urgente comprender cada vez mejor este sacramento para comprobar la calidad y la hondura
de vuestra fe y para robustecerla. El Espíritu Santo os acerca al misterio de Dios y os
hace comprender quién es Dios. Os invita a ver en el prójimo al hermano que Dios os ha
dado para vivir en comunión con él, humana y espiritualmente, para vivir, por tanto,
como Iglesia. Al revelaros quién es Cristo muerto y resucitado por nosotros, nos impulsa
a dar testimonio de Él. Estáis en la edad de la generosidad. Es urgente hablar de Cristo
a vuestro alrededor, a vuestras familias y amigos, en vuestros lugares de estudio, de
trabajo o de ocio. No tengáis miedo. Tened "la valentía de vivir el Evangelio y la
audacia de proclamarlo" (Mensaje a los jóvenes del mundo, 20 de julio de 2007). Os
aliento, pues, a tener las palabras justas para anunciar a Dios a vuestro alrededor,
respaldando vuestro testimonio con la fuerza del Espíritu suplicada en la plegaria.
Llevad la Buena Noticia a los jóvenes de vuestra edad y también a los otros. Ellos
conocen las turbulencias de la afectividad, la preocupación y la incertidumbre con
respecto al trabajo y a los estudios. Afrontan sufrimientos y tienen experiencia de
alegrías únicas. Dad testimonio de Dios, porque, en cuanto jóvenes, formáis parte
plenamente de la comunidad católica en virtud de vuestro Bautismo y por la común
profesión de fe (cf. Ef 4,5). Quiero deciros que la Iglesia confía en vosotros.
En este año dedicado a San Pablo, quisiera confiaros un segundo tesoro, que estaba en el
centro de la vida de este Apóstol fascinante: se trata del misterio de la Cruz. El
domingo, en Lourdes, celebraré la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz junto con una
multitud de peregrinos. Muchos de vosotros lleváis colgada del cuello una cadena con una
cruz. También yo llevo una, como por otra parte todos los Obispos. No es un adorno ni una
joya. Es el precioso símbolo de nuestra fe, el signo visible y material de la
vinculación a Cristo. San Pablo habla claramente de la cruz al principio de su primera
carta a los Corintios. En Corinto, vivía una comunidad alborotada y revuelta, expuesta a
los peligros de la corrupción de las costumbres imperantes. Peligros parecidos a los que
hoy conocemos. No citaré nada más que los siguientes: las querellas y luchas en el seno
de la comunidad creyente, la seducción que ofrecen pseudo sabidurías religiosas o
filosóficas, la superficialidad de la fe y la moral disoluta. San Pablo comienza la carta
escribiendo: "El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de
perdición; pero, para los que están en vías de salvación -para nosotros- es fuerza de
Dios" (1 Co 1,18). Después, el Apóstol muestra la singular oposición que existe
entre la sabiduría y la locura, según Dios y según los hombres. Habla de ello cuando
evoca la fundación de la Iglesia en Corinto y a propósito de su propia predicación.
Concluye insistiendo en la hermosura de la sabiduría de Dios que Cristo y, tras de Él,
sus Apóstoles enseñan al mundo y a los cristianos. Esta sabiduría, misteriosa y
escondida (cf. 1 Co 2,7), nos ha sido revelada por el Espíritu, porque "a nivel
humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es
capaz de percibirlo porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu" (1 Co
2,14).
El Espíritu abre a la inteligencia humana nuevos horizontes que la superan y le hace
comprender que la única sabiduría verdadera reside en la grandeza de Cristo. Para los
cristianos, la Cruz simboliza la sabiduría de Dios y su amor infinito revelado en el don
redentor de Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo, en particular, para la vida
de cada uno. Que este descubrimiento impresionante de Dios, que se ha hecho hombre por
amor, os aliente a respetar y venerar la Cruz. Que no es sólo el signo de vuestra vida en
Dios y de vuestra salvación, sino también -lo sabéis- el testigo mudo de los
padecimientos de los hombres y, al mismo tiempo, la expresión única y preciosa de todas
sus esperanzas. Queridos jóvenes, sé que venerar la Cruz a veces también lleva consigo
el escarnio e incluso la persecución. La Cruz pone en peligro en cierta medida la
seguridad humana, pero manifiesta, también y sobre todo, la gracia de Dios y confirma la
salvación. Esta tarde os confío la Cruz de Cristo. El Espíritu Santo os hará
comprender su misterio de amor y podréis exclamar con San Pablo: "Dios me libre de
gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está
crucificado para mí, y yo para el mundo" (Gál 6,14). Pablo había entendido la
palabra de Jesús -aparentemente paradójica- según la cual sólo entregando
("perdiendo") la propia vida se puede encontrarla (cf. Mc 8,35; Jn 12,24) y de
ello había sacado la conclusión de que la Cruz manifiesta la ley fundamental del amor,
la fórmula perfecta de la vida verdadera. Que a algunos la profundización en el misterio
de la Cruz os permita descubrir la llamada a servir a Cristo de manera más total en la
vida sacerdotal o religiosa.
Es el momento de comenzar la vigilia de oración, para la que os habéis reunido esta
tarde. No olvidéis los dos tesoros que el Papa os ha presentado esta tarde: el Espíritu
Santo y la Cruz. Para concluir, deciros una vez más que confío en vosotros, queridos
jóvenes, y que quisiera que experimentarais hoy y mañana la estima y el afecto de la
Iglesia, y de este modo el mundo verá a la Iglesia viva. Que Dios os acompañe cada día
y que os bendiga, así como a vuestros familiares y amigos. Complacido, os imparto la
Bendición Apostólica, que extiendo a todos los jóvenes de Francia.
Discurso de Benedicto
XVI al mundo de la cultura
Colegio de los Bernardinos
Señor Cardenal,
Señora Ministra de la Cultura,
Señor Alcalde,
Señor Canciller del Instituto de Francia,
Queridos amigos,
Gracias, Señor Cardenal, por sus amables palabras. Nos encontramos en un lugar
histórico, edificado por los hijos de san Bernardo de Claraval y que su predecesor, el
recordado Cardenal Jean-Marie Lustiger, quiso como centro de diálogo entre la sabiduría
cristiana y las corrientes culturales, intelectuales y artísticas de la sociedad actual.
Saludo en particular a la Señora Ministra de la Cultura, que representa al Gobierno, así
como a los Señores Giscard D'Estaing e Chirac. Asimismo, saludo a los Señores Ministros
que nos acompañan, a los representantes de la UNESCO, al Señor Alcalde de París y a las
demás Autoridades. No puedo olvidar a mis colegas del Instituto de Francia, que bien
conocen la consideración que les profeso. Doy las gracias al Príncipe de Broglie por sus
cordiales palabras. Nos veremos mañana por la mañana. Agradezco a la Delegación de la
comunidad musulmana francesa que haya aceptado participar en este encuentro: les dirijo
mis mejores deseos en este tiempo de Ramadan. Dirijo ahora un cordial saludo al conjunto
del variado mundo de la cultura, que vosotros, queridos invitados, representáis tan
dignamente.
Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de las raíces de la
cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde nos encontramos es
emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes,
para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es
ésta una experiencia que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo
con un mundo ya pasado? Para responder, conviene que reflexionemos un momento sobre la
naturaleza del monaquismo occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la
historia de las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en la gran fractura cultural
provocada por las migraciones de los pueblos y el nuevo orden de los Estados que se
estaban formando, los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los tesoros de
la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se iba formando poco a poco una nueva
cultura. ¿Cómo sucedía esto? ¿Qué les movía a aquellas personas a reunirse en
lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?
Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su
intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su
motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la
confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse
a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar
la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es
sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era
"escatológica". Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del
término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente:
detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no
se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío
absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y
de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino era su Palabra que, en los
libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios
requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o, como dice Jean
Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente
vinculadas una con la otra (cf. L'amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo
de Dios, le desir de Dieu, incluye l'amour des lettres, el amor por la palabra, ahondar en
todas sus dimensiones. Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y
nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua,
comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la
búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino
hacia la lengua. Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma
parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo
motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino.
San Benito llama al monasterio una dominici servitii schola. El monasterio sirve a la
eruditio, a la formación y a la erudición del hombre -una formación con el objetivo
último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente
también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a
percibir entre las palabras la Palabra.
Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la
búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda
de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto,
llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37). Gregorio Magno lo describe
como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que
estemos atentos a Dios (cf. Leclercq, ibid., p. 35). Pero también hace que estemos
atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión
mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace
falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente. Como en la escuela
rabínica, también entre los monjes el mismo leer del individuo es simultáneamente un
acto corporal. "Sin embargo, si legere y lectio se usan sin un adjetivo calificativo,
indican comúnmente una actividad que, como cantar o escribir, afectan a todo el cuerpo y
a toda el alma", dice a este respecto Jean Leclercq (ibid., p. 21).
Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El
Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el
Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle
nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en
un movimiento hacia Él. Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo
deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios
el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia
cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el
Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías
6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia
cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino
más alto. Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: "Los monjes
tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido
a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros
días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos" (cf. Ibid., p.
229).
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo
que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré
para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración
comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al
criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los
Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música
de las esferas. Los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la
Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia
intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran
música occidental. No se trataba de una "creatividad" privada, en la que el
individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la
representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los
"oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la música de la creación
misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el
hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente
digna del hombre e indica de manera pura su dignidad.
Para captar de alguna manera la cultura de la palabra, que en el monaquismo occidental se
desarrolló por la búsqueda de Dios, partiendo de dentro, es preciso referirse también,
aunque sea brevemente, a la particularidad del Libro o de los Libros en los que esta
Palabra ha salido al encuentro de los monjes. La Biblia, vista bajo el aspecto puramente
histórico o literario, no es simplemente un libro, sino una colección de textos
literarios, cuya redacción duró más de un milenio y en la que cada uno de los libros no
es fácilmente reconocible como perteneciente a una unidad interior; en cambio se dan
tensiones visibles entre ellos. Esto es verdad ya dentro de la Biblia de Israel, que los
cristianos llamamos el Antiguo Testamento. Es más verdad aún cuando nosotros, como
cristianos, unimos el Nuevo Testamento y sus escritos, casi como clave hermenéutica, con
la Biblia de Israel, interpretándola así como camino hacia Cristo. En el Nuevo
Testamento, con razón, la Biblia normalmente no se la califica como "la
Escritura", sino como "las Escrituras", que sin embargo en su conjunto
luego se consideran como la única Palabra de Dios dirigida a nosotros. Pero ya este
plural evidencia que aquí la Palabra de Dios nos alcanza sólo a través de la palabra
humana, a través de las palabras humanas, es decir que Dios nos habla sólo a través de
los hombres, mediante sus palabras y su historia. Esto, a su vez, significa que el aspecto
divino de la Palabra y de las palabras no es naturalmente obvio. Dicho con lenguaje
moderno: la unidad de los libros bíblicos y el carácter divino de sus palabras no son,
desde un punto de vista puramente histórico, asibles. El elemento histórico es la
multiplicidad y la humanidad. De ahí se comprende la formulación de un dístico medieval
que, a primera vista, parece desconcertante: Littera gesta docet - quid credas
allegoria... (cf. Augustinus de Dacia, Rotulus pugillaris, 1). La letra muestra los
hechos; lo que tienes que creer lo dice la alegoría, es decir la interpretación
cristológica y pneumática.
Todo esto podemos decirlo de manera más sencilla: la Escritura precisa de la
interpretación, y precisa de la comunidad en la que se ha formado y en la que es vivida.
En ella tiene su unidad y en ella se despliega el sentido que aúna el todo. Dicho
todavía de otro modo: existen dimensiones del significado de la Palabra y de las
palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida de esta Palabra que crea la
historia. Mediante la creciente percepción de las diversas dimensiones del sentido, la
Palabra no queda devaluada, sino que aparece incluso con toda su grandeza y dignidad. Por
eso el "Catecismo de la Iglesia Católica" con toda razón puede decir que el
cristianismo no es simplemente una religión del libro en el sentido clásico (cf. n.
108). El cristianismo capta en las palabras la Palabra, el Logos mismo, que irradia su
misterio a través de tal multiplicidad. Esta estructura especial de la Biblia es un
desafío siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza excluye todo lo que
hoy se llama fundamentalismo. La misma Palabra de Dios, de hecho, nunca está presente ya
en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla se requiere un trascender y un proceso
de comprensión, que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe
convertirse también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica del
conjunto los muchos libros forman un Libro, la Palabra de Dios y la acción de Dios en el
mundo se revelan en la palabra y en la historia humana.
Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos de san Pablo. Qué
significado tenga el trascender de la letra y su comprensión únicamente a partir del
conjunto, lo ha expresado de manera drástica en la frase: "La pura letra mata y, en
cambio, el Espíritu da vida" (2 Cor 3, 6). Y también: "Donde hay el
Espíritu... hay libertad" (2 Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud de tal visión de
la Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se escucha a Pablo
profundamente y se comprende entonces que ese Espíritu liberador tiene un nombre y que la
libertad tiene por tanto una medida interior: "El Señor es el Espíritu, y donde hay
el Espíritu del Señor hay libertad" (2 Cor 3,17). El Espíritu liberador no es
simplemente la propia idea, la visión personal de quien interpreta. El Espíritu es
Cristo, y Cristo es el Señor que nos indica el camino. Con la palabra sobre el Espíritu
y sobre la libertad se abre un vasto horizonte, pero al mismo tiempo se pone una clara
limitación a la arbitrariedad y a la subjetividad, un límite que obliga de manera
inequívoca al individuo y a la comunidad y crea un vínculo superior al de la letra: el
vínculo del entendimiento y del amor. Esa tensión entre vínculo y libertad, que
sobrepasa el problema literario de la interpretación de la Escritura, ha determinado
también el pensamiento y la actuación del monaquismo y ha plasmado profundamente la
cultura occidental. Esa tensión se presenta de nuevo también a nuestra generación como
un reto frente a los extremos de la arbitrariedad subjetiva, por una parte, y del
fanatismo fundamentalista, por otra, Sería fatal, si la cultura europea de hoy llegase a
entender la libertad sólo como la falta total de vínculos y con esto favoreciese
inevitablemente el fanatismo y la arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son
la libertad, sino su destrucción.
En la consideración sobre la "escuela del servicio divino" -como san Benito
llamaba al monaquismo- hemos fijado hasta ahora la atención sólo en su orientación
hacia la palabra, en el "ora". Y de hecho de ahí es de donde se determina la
dirección del conjunto de la vida monástica. Pero nuestra reflexión quedaría
incompleta si no miráramos aunque sea brevemente el segundo componente del monaquismo, el
descrito con el "labora". En el mundo griego el trabajo físico se consideraba
tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las
cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces
de la existencia superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la
tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión
artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los gentiles,
era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de sus manos, no
constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del rabinismo. El
monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es parte constitutiva del
monaquismo cristiano. San Benito habla en su Regla no propiamente de la escuela, aunque la
enseñanza y el aprendizaje -como hemos visto- en ella se daban por descontados. En cambio
habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo mismo hace Agustín que dedicó al
trabajo de los monjes todo un libro. Los cristianos, que con esto continuaban la
tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin embargo
cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con la que defendía su
actuar en sábado: "Mi Padre sigue actuando y yo también actúo" (5, 17). El
mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su
manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la
materia. "Construir" el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad
subordinada. Muy distinto el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es
también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los
hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia. "Mi
Padre sigue actuando y yo también actúo". Dios mismo es el Creador del mundo, y la
creación todavía no ha concluido. Dios trabaja. Así el trabajo de los hombres tenía
que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta
manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo.
Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo,
sin la cual el desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son impensables.
Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el
trabajo y la determinación de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el
Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí
mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su
destrucción.
Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las estructuras y seguridades
antiguas, la actitud de fondo de los monjes era el quaerere Deum -la búsqueda de Dios.
Podríamos decir que ésta es la actitud verdaderamente filosófica: mirar más allá de
las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de las últimas, las verdaderas. Quien se
hacía monje, avanzaba por un camino largo y profundo, pero había encontrado ya la
dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba el mismo Dios. Entonces
debía tratar de comprenderle, para poder caminar hacia Él. Así el camino de los monjes,
pese a seguir no medible en su extensión, se desarrolla ya dentro de la Palabra acogida.
La búsqueda de los monjes, en algunos aspectos, comporta ya en sí mismo un hallazgo.
Sucede pues, para que esa búsqueda sea posible, que previamente se da ya un primer
movimiento que no sólo suscita la voluntad de buscar, sino que hace incluso creíble que
en esa Palabra está escondido el camino -o mejor: que en esa Palabra Dios mismo se hace
encontradizo con los hombres y por eso los hombres a través de ella pueden alcanzar a
Dios. Con otras palabras: debe darse el anuncio dirigido al hombre creando así en él una
convicción que puede transformarse en vida. Para que se abra un camino hacia el corazón
de la Palabra bíblica como Palabra de Dios, esa misma Palabra debe antes ser anunciada
desde el exterior. La expresión clásica de esa necesidad de la fe cristiana de hacerse
comunicable a los otros es una frase de la Primera Carta de Pedro, que en la teología
medieval era considerada la razón bíblica para el trabajo de los teólogos: "Estad
siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la
pidiere" (3,15). (Logos, la razón de la esperanza, debe hacerse apo-logia, la
Palabra debe llegar a ser respuesta). De hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no
consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que debiera servir para que el
propio grupo creciera, sino como una necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su
fe: el Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había
mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que
tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan. La
universalidad de Dios y la universalidad de la razón abierta hacia Él constituían para
ellos la motivación y también el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a
las costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito de la verdad que
igualmente tiene en cuenta a todos.
El esquema fundamental del anuncio cristiano "ad extra" -a los hombres que, con
sus preguntas, buscan- se halla en el discurso de san Pablo en el Areópago. Tengamos
presente, en ese contexto, que el Areópago no era una especie de academia donde las
mentes más ilustradas se reunían para discutir sobre cosas sublimes, sino un tribunal
competente en materia de religión y que debía oponerse a la importación de religiones
extranjeras. Y precisamente ésta es la acusación contra Pablo: "Parece ser un
predicador de divinidades extranjeras" (Hch 17,18). A lo que Pablo replica: "He
encontrado entre vosotros un altar en el que está escrito: Al Dios desconocido'.
Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo" (cf. 17, 23). Pablo no
anuncia dioses desconocidos. Anuncia a Aquel, que los hombres ignoran y, sin embargo,
conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que buscan, al que, en lo profundo, conocen y que, sin
embargo, es el Ignoto y el Incognoscible. Lo más profundo del pensamiento y del
sentimiento humano sabe en cierto modo que Él tiene que existir. Que en el origen de
todas las cosas debe estar no la irracionalidad, sino la Razón creativa; no el ciego
destino, sino la libertad. Sin embargo, pese a que todos los hombres en cierto modo
sabemos esto -como Pablo subraya en la Carta a los Romanos (1, 21)- ese saber permanece
irreal: Un Dios sólo pensado e inventado no es un Dios. Si Él no se revela, nosotros no
llegamos hasta Él. La novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir ahora a
todos los pueblos: Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino
hacia Él. La novedad del anuncio cristiano consiste en un hecho: Él se ha mostrado. Pero
esto no es un hecho ciego, sino un hecho que, en sí mismo, es Logos -presencia de la
Razón eterna en nuestra carne. Verbum caro factum est (Jn 1,14): precisamente así en el
hecho ahora está el Logos, el Logos presente en medio de nosotros. El hecho es razonable.
Ciertamente hay que contar siempre con la humildad de la razón para poder acogerlo; hay
que contar con la humildad del hombre que responde a la humildad de Dios.
Nuestra situación actual, bajo muchos aspectos, es distinta de la que Pablo encontró en
Atenas, pero, pese a la diferencia, sin embargo, en muchas cosas es también bastante
análoga. Nuestras ciudades ya no están llenas de altares e imágenes de múltiples
divinidades. Para muchos, Dios se ha convertido realmente en el gran Desconocido. Pero
como entonces tras las numerosas imágenes de los dioses estaba escondida y presente la
pregunta acerca del Dios desconocido, también hoy la actual ausencia de Dios está
tácitamente inquieta por la pregunta sobre Él. Quaerere Deum -buscar a Dios y dejarse
encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura
meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la
pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades
más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían
ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la
disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera
cultura.
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