REINA DE LAS BELLAS ARTES


La Santísima Virgen es también la Reina de las Bellas Artes. ¿A quién sino a su inspiración son debidas las Concepciones de Murillo, la Madonna de Rafael y sobre todo las divinas figuras que de la Madre de Dios y de los ángeles nos dejó aquel celestial pintor que los artistas llaman el Angélico y los cristianos el Bienaventurado Beato Juan de Fiésole?
Gluck, el inmortal músico que asombró al mundo con sus obras líricas, rezaba con suma devoción el Santo Rosario. Siendo niño, le regaló uno cierto religioso llamado Fr. Anselmo, con promesa de que, si lo rezaba diariamente, le abriría el camino de la fama. Desde entonces fue el Rosario su recurso y su esperanza. Lo llamaba el breviario del músico. En sus diferentes misterios se inspiraba para componer las variadas piezas musicales que eran asombro y encanto de todos. Con una placidez celestial, que indicaba la presencia de la Virgen en sus postreros momentos, expiró el gran artista sin soltar de la mano el Rosario.
Mozart, llamado el Rafael de la Música, lo rezaba también con notable piedad. Antes de empezar sus inspiradas obras, pedía a la Virgen ayuda y, después de terminadas, le daba rendidas gracias.
Gounod, terciario dominico, tan célebre en el mismo arte, tampoco omitía esta santa devoción y al autor de ella le compuso un magistral himno, la conocidísima Ave María.

Lacordaire, el gran artista de la palabra, tan virtuoso y penitente como soberano orador, cuya gloria no podrán jamás oscurecer los envidiosos de su elocuencia triunfal, cuando acababa de estremecer al auditorio con su palabra dulcísima y arrebatadora, rezaba humildemente su Rosario, pidiendo al Señor que alejase de él la vanidad y que las almas se aprovechasen de su oratoria.

Daniel O'Connell, el gran orador de Irlanda, entre uno y otro de sus discursos, que hacían temblar a Inglaterra, se le veía pasear rezando el Rosario. Más que en el poder de su peregrina elocuencia, confiaba en la virtud de un Avemaría para ver libre a su patria.
Recamier, de reputación universal, médico de los grandes, príncipes y reyes, rezaba su Rosario y, cuando para curar a un enfermo se le acababan los recursos de la ciencia, apelaba a la Virgen rezando por lo menos una decena.
¡Cuán puras serían las artes y cuán sabios los hombres de estudio si se inspiraran en la que es Madre del Amor Hermoso y trono de la Sabiduría!

(Fr. Paulino Alvarez, «Glorias del Rosar¡o»)

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