El pagano que se hizo católico

Conocí en Bengala a un joven y valiente militar indio, al servicio de Inglaterra, como teniente de una compañía de Cipayos. Educado a la inglesa, conservaba, no obstante, algunas prácticas supersticiosas, sin llegar a practicar ninguna religión, aunque conocía y admiraba la Iglesia
Católica, y se iba aficionando a ella como resultado de las conversaciones mantenidas con misioneros y con su jefe, el capitán Carlos Tonnerre, al que profesaba un respeto y cariño extraordinarios.

Este excelente capitán hablaba a veces con el teniente sobre la religión católica. Un día, el Teniente estaba escuchando con apasionado interés y exclamó: «¡Qué feliz si fuese yo también católico». El capitán respondió:
—¡Todo puede ser! Ponte bajo el patrocinio de la Madre de Dios. Y para esto, prométeme rezar todos los días tres Avemarías.

Lo prometió el teniente. Y todas las noches cumplía el bravo indio su promesa, con exactitud militar. Pasó algún tiempo. Una mañana, a la hora en que diariamente el capitán Tonnerre acudía á la capilla del campamento para ayudarme en la Misa y comulgar, veo que no viene solo, sino esta vez acompañado del teniente indio, que, al acercarse, sin darle tiempo para expresarle mi asombro, se echó a mis pies pidiéndome que le hiciese hijo de María e hijo de la Iglesia Católica.

¿Cómo se había producido este milagro de la gracia? Lo contó él mismo:

«Ayer tarde —dijo—, cuando llegué al Campamentó, después de prolongada marcha, estaba tan rendido y fatigado que me eché a descansar en la litera de campaña vestido como iba, y sin rezar las tres
Avemarias que había prometido y que en todos los días precedentes sí que recé. Quedé dormido profundamente...

Era la media noche cuando me despertó una fuerte sacudida. Me incorporé y encendí la linterna.
Experimentaba la sensación de que no estaba solo. Miré a mi alrededor, pero no vi nada que me llamara la atención.

Y como tenía muchísimo sueño, dejé caer la cabeza sobre la almohada. De pronto me acordé de las tres Avemarias olvidadas. Sentí el descuido, y haciendo un esfuerzo salté de la litera y me puse a
rezarlas. Apenas comenzadas, no pude seguir. Con terror y espanto, mis ojos miraron fijamente a la cama. De debajo de la almohada salía una horrible serpiente con la boca abierta y la lengua saetante...
Por la cresta que la coronaba, conocí que era una «cobra capella», especie de las más venenosas, cuya mordedura es siempre mortal...
El monstruo desenroscaba lentamente sus anillos repugnantes sobre mi cama... Yo, de momento, estaba hipnotizado y quieto por el pasmo. Pero antes de que el reptil se alargara más y me atacase, tomé la espada y, de un golpe, le rompí la cabeza, que ya tenía erguida e intimidaba con su silbido amenazador.

Y viéndome salvo de tan grave peligro comprendí que a la Madre de Dios debía mi salvación, y me postré para rezar las tres Avemarías, y mientras las rezaba tomé la firme resolución de abrazar la religión de Cristo.»

Fue instruido debidamente, y unos meses después en la capilla, adornada de flores, y sin otro testigo que el capitán Carlos Tonnerre, le administré el sacramento del Bautismo, en el que a la pregunta de ritual, «¿cuál es tu nombre?», respondió: «Carlos-María» Se puso de primer nombre Carlos, en agradecemiento a su Capitán, y en segundo lugar María, en honor a la Virgen María.

Testimonio de un misionero jesuíta, que ejercía su ministerio en la India.


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