LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
Este día nos
recuerda el hallazgo de la Santa Cruz en el año 320, por parte de Santa Elena, madre de
Constantino. Más tarde Cosroas, rey de Persia se llevó la cruz a su país. Heraclio la
devolvió a Jerusalén.
El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además,
la Resurrección da sentido a nuestra vida, más que la Cruz.
Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo. Nosotros no hubiéramos
introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la
rechazaban. Y nosotros también. Cuando Clovodeo leía la Pasion exclamaba: ¡Ah, si
hubiera estado allí yo, con mis francos!
La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido
para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor
y hacerlo redentor.
Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre
nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para
acompañarlo con su presencia.
En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no
podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes,
aunque siga siendo un tremendo misterio.
Jesús, en plena juventud, es eliminado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la
fuerza de su bondad: "En plenitud de vida y de sendero dió el paso hacia la muerte
porque Él quiso. Mirad, de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un
Cordero" (Himno de Laudes).
En toda su vida Jesús no hizo mas que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el
destierro. Perseguido, humillado, condenado. Solo sube para ir a la Cruz. Y en ella está
elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e
infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino
compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos
olímpicamente, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.
Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade:
"El que quiera venirse conmigo, que reniegue de si mismo, que cargue con su cruz y me
siga". Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien estamos aquí!,
decía Pedro. En Getsemaní se duerme, y luego le niega.
''No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está
crucificado" (Leon Bloy). "Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella
todavía" (El Señor a Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La Cruz es un signo más,
enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufridola madurez
adquirida en el dolorno pasa jamás. La Cruz son dos palos que se cruzan: si
acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la Cruz de Jesús,
besemos la nuestra, astilla de la suya.
La Cruz aceptadano la buscadatiene un gran valor... Dijo una ostra a otra
ostra: "Siento un gran dolor dentro de mí. Es pesado y redondo y me lastima". Y
la otra ostra replicó con arrogancia: "Alabados sean los cielos y el mar. Yo no
siento dolor dentro de mí. Me siento bien e intacta". Un cangrejo que pasaba por
alli las escuchó y dijo a la que estaba bien e intacta: "Sí, te sientes bien, pero
el dolor de la otra es una hermosa perla".
Es la ambiguedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se
santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.
Autor del texto: Rafael
López-Melús
Cuán pocos son los que aman
la Cruz de Cristo.
Por Tomás de Kempis, del
libro Imitación de Cristo
Libro segundo: De la conversión interior
Del Amor a la Santa Cruz de Cristo.
1. Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy pocos que lleven
su cruz.
Tiene muchos que desean la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación.
Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia.
Todos quieren gozar con Él, mas pocos quieren sufrir algo por Él.
Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan, mas pocos hasta beber el cáliz de la
pasión.
Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz.
Muchos aman a Jesús, cuando no hay adversidades.
Muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de Él algunas consolaciones: mas si
Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego de quejarían o desesperarían mucho.
2. Mas los que aman a Jesús, por el mismo Jesús, y no por alguna propia consolación
suya, bendícenle en toda la tribulación y angustia del corazón, tan bien como en
consolación.
Y aunque nunca más les quisiese dar consolación, siempre le alabarían, y le querrían
dar gracias.
3. ¡Oh! ¡Cuánto puede el amor puro de Jesús sin mezcla del propio provecho o amor!
¿No se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones?
¿No se aman a sí mismos más que a Cristo, los que de continuo piensan en sus provechos
y ganancias?
¿Dónde se hallará alguno tal, que quiera servir a Dios de balde?
4. Pocas veces se halla ninguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas.
Pues ¿quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura?
Es tesoro inestimable y de lejanas tierras.
Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada.
Si hiciere gran penitencia, aún es poco.
Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos: y si tuviere gran virtud y muy ferviente
devoción, aún le falta mucho; le falta cosa que le es más necesaria.
Y esta ¿cuál es? Que dejadas todas las cosas, deje a sí mismo y salga de sí del todo,
y que no le quede nada de amor propio.
Y cuando ha hecho todo lo que conociere que debe hacer, aún piense no haber hecho nada.
5. No tenga en mucho que le puedan estimar por grande, mas llámese en la verdad siervo
sin provecho, como dice Jesucristo.
Cuando hubiereis hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin
provecho.
Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el profeta: Porque uno solo y
pobre soy.
Ninguno todavía hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquel que
sabe dejarse a sí y a toda cosa, y ponerse en el más bajo lugar.
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