EN JAPÓN

Es un rosario de islas en forma de arco, que son las cumbres de dos cordilleras submarinas volcánicas. En Japón hay 1.042 islas, y más de 2.000 islotes. Las cuatro islas del centro son las mayores: Yei, Hondo, Shikoku y Kyushu. Miden de norte a sur 3.700 kilómetros. Por eso varía mucho el clima de unas a otras: al norte hay inviernos rigurosos, y al sur hay un clima subtropical. Con frecuencia hay vientos fuertes y tifones; la velocidad de las nubes ardientes de un tifón llega a 500 kilómetros por hora. Arranca casas, árboles, pedruscos. En el mar levanta olas de hasta 30 metros. La cantidad de agua de un tifón es de hasta varios billones de toneladas. Los sitios por donde pasa esa masa de nubes negras quedan inundados. El tifón puede tener mil kilómetros de superficie.

En Japón hay 200 volcanes; sesenta de ellos están en actividad. El más famoso es el Fujiyama, de 3.775 metros de altura, coronado de nieves casi perpetuas. Es el monte sagrado y simbólico de Japón. Casi la tercera parte del país es de terrenos eruptivos. El Japón es fundamentalmente montañoso: sólo la quinta parte está formado por pequeñas llanuras. Por los montes hay osos, zorros, jabalíes, ciervos y monos.

Los ríos son impetuosos, llenos de gargantas y cascadas. En su curso forman bellísimos lagos, como el famoso Biwa, cerca de Kyoto (antes Meaco). Hacia la desembocadura dejan terrenos de sedimentación, buenos para arrozales. Por todas partes hay panoramas encantadores que, frecuentemente, tienen por fondo el mar. Hay bosques encantados y flores maravillosas por todas partes. También muchas fuentes termales. Las fosas marinas alrededor de las islas son profundísimas. Ese enorme peso de agua produce fracturas en el fondo; esto, unido a la gran cantidad de volcanes, da frecuentes terremotos y maremotos.

 

Religiones del Japón: Shintoismo

Según esta religión, todo es de origen divino. Por eso se trata con respeto religioso al sol, a la luna, los montes, el mar, las cascadas, los ríos, bosques, animales, flores, etc... Los montes y los bosques están llenos de pequeños templos: el Japón es un gran santuario lleno de altares. Deifican al emperador, a los hombres célebres, a los antepasados. El Shintoismo se mezcló con el Budismo importado de China.

 

Budismo

Renunciando a los deseos quitamos la causa de los sufrimientos. El alma se reencarna en seres superiores o inferiores, según sean buenas o malas sus obras. No se puede matar ni a los animales, ni robar, ni mentir, ni embriagarse, ni cometer adulterio; hay que ser amables y pacientes ante los insultos, etc...

También existen templos budistas por todas partes. Más tarde se adulteró el Budismo, y los bonzos se pervirtieron: en los templos tenían muchachos para enseñarles a leer y escribir, pero pecaban con ellos. Javier fustigó terriblemente este pecado.

 

En Kangoshima (1549)

El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, el junco que llevaba a Javier entró en una bahía ancha y profunda, junto a un escarpado volcán en actividad. Estaban en Kangoshima, ciudad de Pablo de Santa Fe. Era una villa pobre, el puerto más meridional de la isla de Kyusiu, al sur de Japón. Sobre las casas de madera sobresalían algunas pagodas. Javier se hospedaría en casa de Pablo, con sus dos compañeros, el P. Torres y el H. Fernández.

 

La casa japonesa

Tenía alrededor un jardincito, que representaba a la naturaleza en miniatura: árboles enanos, arroyuelos entre pedruscos, etc... La vivienda, de un solo piso, se elevaba unos 30 centímetros sobre unos soportes de piedra. El tejado era muy inclinado y graciosamente curvo. Al entrar todos se quitaban los zapatos, porque el suelo es de esteras. Las paredes son de armazón de cañas, paja y arcilla, recubiertas de cal. Los tabiques y puertas son de papel. Las ventanas, que rodean toda la casa, son muy amplias para que entre mucha luz. Los postes y vigas de madera tienen ranuras, para que los tabiques corredizos se puedan cambiar de sitio. Estos están pintados de paisajes, flores, etc. Se sientan en el suelo en cojines. Las mesas son bajísimas. Se come con palillos. En el centro de la habitación hay un braserillo, donde burbujea el pucherillo del té, que toman con largas ceremonias. Duermen en colchonetas, que durante el día guardan en armarios.

La familia de Angero se hizo pronto cristiana. Todos los días, al tañer de su campanilla, convocaba Javier a la gente para enseñarles la fe cristiana. La fama del bonzo extranjero se extendió por la ciudad. El rey, o "daimyo", quiso conocerle. Primero fue Pablo, llevando una imagen de la Virgen y de Cristo. El rey las adoró y mandó que todos hicieran lo mismo. Luego se las enseñó a su madre. A los pocos días ésta les avisó que le llevaran una reproducción de la imagen y un escrito, que explicara el cristianismo. La estatua de la Virgen no se pudo hacer.

 

Recibimiento del rey

Les acogió muy amable. Pablo le leyó el escrito hecho por él, y el rey quedó muy impresionado, y les dio permiso para predicar. Además les dijo que publicaria un decreto autorizando a todos para hacerse cristianos. El rey esperaba comerciar con los portugueses, pero al ver que sus barcos no iban a Kangoshima, se enfadó con Javier. Entonces, incitado por los bonzos, prohibió a sus súbditos hacerse cristianos bajo pena de muerte.

 

Yamaguchi, o "Boca de montaña"

Era una ciudad de cien mil casas en la isla de Hondo, a tres leguas de la costa. Las casitas estaban construidas en la ladera de la montaña, entre pintorescos jardines. Tenía cien monasterios budistas. El sonido del gong avisaba a la gente el momento de postrarse ante los dioses, que estaban en sus altares iluminados por farolillos de vistosos colores y envueltos en el humo de los pebeteros.

Yamaguchi fue la ciudad predilecta de Javier. Un día de octubre de 1550 aparecieron por las calles dos extraños peregrinos, el Santo y el hermano Fernández. Su torpe hablar apenas se entendía. Javier sacaba un cuaderno que leía: hay un solo Dios verdadero, creador de todo; este Dios se hizo hombre y murió para salvarnos; tenemos una sola alma, y hay un cielo y un infierno... A veces leía el hermano Fernández, que sabía algo.de japonés.

 

Pronto hubo entre el público dos tendencias

Muchos se burlaban y reían de su peregrina pronunciación. Otros se impresionaban por lo que decían, por la paciencia con que sufrían los insultos y las pedradas de los niños. Decían que viniendo de tierras tan lejanas a predicar su doctrina, tenían que ser hombres de mucha estima.

Fueron a ver al rey del lugar para que les diera permiso de predicar. Por su parte, el rey deseaba ver a aquellos hombres, de quienes todos hablaban. Una vez en su presencia, se arrodillaron e hicieron dos profundas reverencias, conforme al protocolo. Con gran amabilidad, preguntó el rey a Javier por su doctrina. "Me envía -le contestó- el Dios del cielo y de la tierra". A indicación del padre, Fernández comenzó a leer en su cuaderno: la creación, los mandamientos, el juicio, el infierno. Luego, con gran energía, condenó la idolatría y el vicio de la carne. El hombre que comete tales pecados es peor que las alimañas... El rey se enfureció. Fernández creyó que iba a cortarles la cabeza... Al terminar la lectura, se levantó sin decir nada y les despidió. Al salir fuera, las turbas les insultaban.

 

Salida hacia Meaco (Kyoto)

Dejó Javier que se apaciguaran los ánimos, no sea que creyeran que huía. Y como el "daimyo" no le había prohibido predicar, siguió haciéndolo.

A los dos meses el Santo decidió ir a Meaco, capital del imperio. Quería tener permiso del emperador para predicar en todo Japón. Antes de ir allí, fue a la isla de Findo donde estaba el barco portugués, con el P. Torres y el H. Fernández. El señor de la isla les recibió muy bien.

Meaco (hoy Kyoto) era -según decía Javier- una ciudad de noventa mil casas. Tenía una gran universidad y más de 200 monasterios de bonzos. Tenían que recorrer más de 400 kilómetros por mar y tierra. Soportaban días enteros en ayunas; subían casi a gatas aquellas montañas, y vadeaban ríos y lagos helados. Eran la irrisión de la gente por su aspecto.

Habiendo perdido el camino, se ofrecieron como criados a un ricachón, que iba a caballo a la capital. Muchas veces tenían que correr para poder seguirle. Dice el hermano Fernández que el Santo daba saltos de alegría, tirando al aire una manzana. Y para hacer reir, llevaba, un gorro siamés. Iban descalzos por caminos de hielo y nieve, hasta sangrarles los pies. Se les hinchaban las piernas... Iban agotados y hambrientos. A menudo vadeaban torrentes helados, con el agua a la cintura.

Por fin, a los dos meses, llegaron a Meaco (1551). Pero la ciudad estaba dominada por un ejército enemigo: el Japón del siglo XVI era un mosaico de reinos feudales en guerras unos con otros. El emperador era entonces una figura decorativa, que no mandaba nada. Javier quiso visitarle, pero se lo impidieron al verlo tan pobre. Por eso volvió a Yamaguchi, al ver el gran poder de su rey. Pero esta vez se presentaría con gran pompa, para que le recibieran bien y apreciaran su doctrina.

 

Otra vez en Yamaguchi

Primero se dirigió a Firando, donde guardaba el P. Torres los regalos que habían traido de la India para el emperador. Se los ofrecerían al rey de Yamaguchi. El Santo se vistió de ricos vestidos que le dieron los portugueses, y organizaron una solemne cabalgata. Al llegar a la ciudad sonaron los cañones de los navíos portugueses, anclados en el puerto. El rey recibió admirado a Javier, y le sentó junto a él.

El Santo le presentó los regalos: un clavicordio o caja de música; un reloj que daba las horas; un arcabuz de tres cañones; dos pares de gafas, con las que veían los viejos; un hermoso espejo; jarros de cristal; ricos paños, y vino de Portugal. El rey se alegró mucho y quiso darle regalos de oro y plata, que el Santo rehusó. Solamente le pedía permiso para predicar la ley de Dios, cosa que le fue concedida. Les dejó también un templo antiguo.

El Santo empezó a predicar por las calles y a discutir con los bonzos, a quienes dejaba sin palabra. En la India pescaba almas con red; en Japón las pescaba con anzuelo: se convertían muy pocos.

 

"E] japonés se convertirá si el misionero practica lo que predica"

Un día predicaba Fernández, y le escupieron en el rostro. El se limpió, y siguió predicando. Uno de los oyentes pensó que hombres que tales cosas sufrían, tenían una religión santa. Fue a buscar a Javier; se instruyó y se bautizó. Pronto otros siguieron su ejemplo. Día y noche asediaban a preguntas a los misioneros. En toda la ciudad se hablaba de los misioneros y de la ley de Dios. El hombre más sabio había dejado la boncería: adoraba al Creador, y se convirtió. Toda la ciudad hablaba del caso. Se hicieron cristianos unos dos mil, que luego eran apóstoles. Se convirtió un joven que cantaba por las calles, acompañado de una especie de mandolina. Este saltimbanqui tenía un aspecto ridículo: era ciego de un ojo y miope del otro, pero era muy listo y simpático, y un buen recitador de canciones. Este hombre buscaba ansiosamente la verdad. Se entusiasmó con el Santo, que le instruyó y le bautizó con el nombre de Lorenzo. Le empleó como intérprete y catequista. Hasta los bonzos, a quienes dejaba sin palabra, le respetaban, aunque algunos le perseguían llenos de rabia. El Santo recibió a Lorenzo como hermano coadjutor jesuita. Este evangelizó a su país con un celo devorador durante 30 años.

 

El rey de Bungo llamó a Javier

También allí llegó solemnemente y fue recibido triunfalmente. Hizo allí unos siete mil cristianos. (Después de 300 años, los descendientes de estos cristianos seguirían siempre fieles a su fe a pesar de las persecuciones, y muchos morirían mártires).

Javier marchó a la India: una nueva gran empresa bullía en su corazón. Dejó al P. Torres al cuidado de los cristianos.

 

Hacia Goa y Malaca

Javier había escrito: "La gente de Japón es la mejor descubierta hasta ahora". Sin embargo, quiso ir a la China para que se convirtiera el Japón. "¿Por qué los chinos no conocen tu religión, si es verdadera?" -le decían-; "los chinos son los más sabios".

Camino de Goa llegó Javier a Sanchón, una pequeña isla donde comerciaban los portugueses. Esta isla era pequeña y montañosa, poblada de ciervos, jabalíes y algunos tigres.

Se embarcó para Malaca. Le acompañaba su gran amigo Diego Pereira. Hablaron de sus planes para entrar en China: Pereira iría como embajador del rey de Portugal, y él iría como agregado de la embajada. Llevarían grandes regalos para el emperador, a quien pedirían permiso para predicar el evangelio en todo el imperio. "Pero me temo -dijo un día el Santo- que el demonio ponga grandes obstáculos en Malaca a nuestro plan".

En Malaca había recibido Javier cartas: en una le nombraba Ignacio provincial de todas las Indias. A fines de enero de 1552 llegaron a Goa. Javier arregló todos los asuntos, nombró superiores, etc... y salió otra vez para Malaca.

 

El demonio en Malaca

D. Alvaro de Ataide era hombre de mezquino corazón. Era capitán general del mar; por eso no aguantaba que Diego Pereira fuera como embajador acChina. Quería ir él. Dio orden de tomar el timón de la nave "Santa Cruz" de Pereira: eso representaba apoderarse del navío. En vano Javier movió todos los resortes para que Ataide desistiera de sus propósitos... Al fin, éste consintió en que zarpara la nave, pero sin Diego Pereira. Javier marchó con una gran pena, por no llevar a su gran amigo con él.

 

En la isla de Sanchón (1552)

Estaba a unos diez kilómetros del continente chino. Por su proximidad a la ciudad de Cantón y por su abrigo, era ideal para que los portugueses comerciaran con los contrabandistas chinos. Estaba prohibido bajo pena de muerte entrar en China. A quien apresaban, le quitaban mercancías y navío y era arrojado en horribles calabozos.

Al llegar a Sanchón, Javier fue recibido con entusiasmo por los portugueses. Pusieron a su disposición sus chozas, y le hicieron una de adobes y paja para decir misa y confesar.

Un chino, jugándose la cabeza, se ofreció por veinte quintales de pimienta a llevar de noche a Javier y sus compañeros a Cantón. Estarían en su casa unos días y luego, también de noche, les dejaría a las puertas de la ciudad. Todos abandonaron a Javier por miedo. Sólo le quedaron Antonio el chino, y Cristóbal el malavar. Los mercaderes portugueses se preparaban para volver a Malaca. Tenían miedo de que los chinos apresaran a Javier y les persiguieran a ellos. Por eso le rogaron que no entrara en China hasta que ellos zarparan. En la ensenada, pues, sólo quedó un junco y el "Santa Cruz".

1 Cronología 2 En el Castillo 3 En París 4 El Jesuita Apostol
5 Rodea África 6 En la India 7 En la Pesquería 8 En Japón
9 Muerte de Javier 10 Novena de la gracia 450 aniversario de su muerte V centenario del nacimiento
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