LA PRESENCIA
REAL PROBADA POR LAS CURACIONES
En Lourdes, a la hora de
la procesión con el Santísimo, los enfermos, alineados por donde ha de pasar la
Custodia, piden la salud a Jesucristo, y el Prelado da la bendición con el Santísimo a
cada enfermo. Y suceden con frecuencia curaciones repentinas de enfermedades declaradas
incurables. Arturo Frérotte de Nancy, de 32 años de edad, estaba enfermo de una tisis
aguda. En el hospital, los médicos confesaron que tenía completamente destruidos ambos
pulmones. En agosto tuvo lugar una peregrinación de enfermos a Lourdes, y Arturo pidió
ser inscrito en ella. La Junta directiva, visto el certificado de la comisión médica,
rehusaba admitirlo por temor de que muriese durante el camino. Arturo, sin embargo, supo
con su insistencia vencer aquella indecisión: que yo pueda ver a la Virgen de Lourdes,
exclamaba, y mi curación es un hecho. Llegó el 30 de agosto, y estaba ya en Lourdes.
Arturo fue trasladado por dos robustos jóvenes a la plaza del Rosario, en donde se
celebraba la Misa. Todos oraban; al llegar la comunión, quiso Arturo acercarse a recibir
a Jesús; pero se abrigaba el temor de que no podría retener la sagrada partícula por
causa de la tos. Sin embargo, apenas hubo recibido a Jesús Sacramentado, cesaron al punto
así la tos como los estremecimientos de la calentura.
El diez fue de nuevo trasladado al hospital, en donde los médicos apreciaron una leve
mejora, que, sin embargo, no daba ninguna esperanza. Había cesado la fiebre y aun
desaparecido la tos; pero quedaban huecas las enormes cavidades de sus pulmones. Arturo no
se desanimó. El 16 se hallaba sobre su lecho alineado con los otros enfermos en la
anchurosa plaza del Rosario. Treinta mil personas hacen corte o acompañan en procesión a
Jesús Sacramentado. Ya comienza la conmovedora bendición de los enfermos, y entretanto,
nuestro Arturo aguarda que Jesús pase junto a él; ya lo tiene allí mismo... cuando, en
un arranque súbito de fervor, exclama: ¡Señor, haced que pueda andar! Mientras el
Obispo levanta sobre él la custodia para bendecirlo, Arturo siente en su corazón la
palabra de Jesús que le dice: ¡Levántate y anda! Impulsado como por una fuerza
indescriptible, salta de su camilla, y curado ya, póstrase a los pies de Jesús; después
lo acompaña en la procesión, y, dos horas más tarde, en la oficina médica de
comprobaciones, después de un examen minucioso, se le reconoció perfectamente sano.
Jesús Sacramentado acababa de curarle.
Los milagros de Lourdes nos demuestran que Jesucristo está verdaderamente en la
Eucaristía.
Revista Lourdes-Fátima, Abril de 1984
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