DOMUND 2011
Se celebra este año
el 23 de octubre
PREGUNTAS
FRECUENTES
¿Qué es el
DOMUND?
El DOmingo MUNDial de las Misiones es el día en que toda la Iglesia universal reza por la
actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con
ellos en su labor, especialmente entre los más pobres y necesitados.
¿Por qué el DOMUND?
El 37% de la Iglesia católica lo constituyen territorios de misión, un total de 1.100
circunscripciones eclesiásticas que dependen de la ayuda personal de misioneros y
misioneras y de la colaboración económica de otras Iglesias para realizar su labor.
¿Para qué el DOMUND?
Con los donativos se subvenciona el sostenimiento de los misioneros y sus colaboradores.
También se atienden otras necesidades especiales: construcción de iglesias y capillas,
formación cristiana, compra de vehículos..., además de desarrollar proyectos sociales,
educativos y sanitarios.
¿Cómo se distribuye el dinero
del DOMUND?
La Asamblea Plenaria de los Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias, que
se celebra cada año en Roma, distribuye equitativamente entre las solicitudes presentadas
por los misioneros la totalidad de las aportaciones llegadas de todo el mundo. Por eso se
pide la colaboración con el DOMUND sin hacer referencia a proyectos concretos.
¿Cómo colaboran los fieles?
Con un donativo en la Jornada, haciéndose socio con una cuota, contratando la tarjeta VISA-DOMUND
o haciendo beneficiario en testamentos y legados al Domund.
¿Llega a los misioneros todo
el dinero?
El donativo que cada fiel entrega para las misiones es recogido en la Dirección Nacional
de OMP y enviado a los territorios de misión, salvo un mínimo porcentaje para gastos de
administración.
¿Atienden los misioneros
situaciones de emergencia?
Ante catástrofes naturales o bélicas, los misioneros canalizan la ayuda de
organizaciones sociales y se dedican a atender a los damnificados. El DOMUND colabora con
ellos principalmente para que puedan permanecer en la misión tras esas situaciones de
especial emergencia humanitaria.
¿Qué es la obra de la propagación de la Fe y cuándo nació?
La Obra Pontificia de la Propagación de la fe es una institución universal de la Iglesia de cooperación con las misiones a través de la oración, el sacrificio, la promoción de las vocaciones misioneras y la cooperación económica y material de los cristianos de todo el mundo.
Esta Obra nació en Lyon, Francia, en 1822, por iniciativa de la joven Paulina Jaricot. Comenzó implicando a los trabajadores locales para que apoyasen las misiones con una pequeña limosna cada semana. Un siglo después, establecida ya la Obra en casi todos los países del mundo, el Papa Pío XI la convirtió en el cauce oficial de toda la Iglesia católica para ayudar espiritual y económicamente a la actividad misionera de la Iglesia.
¿Cuándo se celebra esta jornada?
La actividad de cooperación espiritual y material de esta Obra es permanente durante todo el año, pero alcanza especial significación durante el llamado "Octubre misionero". El día del DOMUND es el centro de la celebración misionera.
¿Cuáles son sus principales fines?
1.
Iniciar a los fieles en la contemplación del rostro de Dios, en el que se
reflejan los rostros de los más pobres y necesitados.
2.
Promover entre los fieles una sensibilidad y predilección hacia los que, aun sin saberlo,
buscan conocer y ver a Jesús.
3.
Participar en las actividades organizadas por las comunidades eclesiales con motivo de la
celebración del DOMUND.
4.
Colaborar con una generosa aportación económica para atender las necesidades materiales
de los misioneros y de las misiones.
5.
Intensificar la oración y el sacrificio por las vocaciones misioneras de sacerdotes,
religiosos y religiosas, y laicos.
EXPLICACIÓN
DEL LEMA DE 2011:
El lema está
tomado del Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones. Sus palabras
nacen de la afirmación evangélica: Como el Padre me ha enviado, así también os
envío yo. Es expresión de cómo la Iglesia asume la misión que el Padre
encomendó a su Hijo al enviarlo al mundo. De la misma manera, Jesús envía a su Iglesia
y a cada uno de los bautizados.
Es un envío que implica a:
- Todos: todos los bautizados y las comunidades cristianas están llamados a vivir la
misión salvadora de Dios.
- Todo: esta misión está destinada a todo y a todos, especialmente a los que aún no le
conocen y a aquellos que se han alejado de la fe.
- Siempre: la misión afecta a toda la humanidad y a todas sus dimensiones; no está
limitada por tiempo ni por espacio... hasta la plenitud de los tiempos.
EXPLICACIÓN DEL CARTEL 2011
Sobre el fondo
del mundo, aparece silueteado el mapa de España, donde los rostros de misioneros y
misioneras evocan a tantos hermanos nuestros que han sido enviados por las diócesis de
España para anunciar el Evangelio por toda la Tierra.
La referencia a los cinco continentes sugiere el destino de cada envío. La Iglesia, en
nombre de Jesús, manda a cada misionero y misionera a un lugar donde la Palabra de Dios
apenas es conocida y donde el Reino de Dios aún está en sus comienzos.
MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2011
«Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21)
Con ocasión del Jubileo del año 2000, el venerable Juan Pablo II, al comienzo de un
nuevo milenio de la era cristiana, reafirmó con fuerza la necesidad de renovar el
compromiso de llevar a todos el anuncio del Evangelio «con el mismo entusiasmo de los
cristianos de los primeros tiempos» (Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más
valioso que la Iglesia puede prestar a la humanidad y a toda persona que busca las razones
profundas para vivir en plenitud su existencia. Por ello, esta misma invitación resuena
cada año en la celebración de la Jornada mundial de las misiones. En efecto, el
incesante anuncio del Evangelio vivifica también a la Iglesia, su fervor, su espíritu
apostólico; renueva sus métodos pastorales para que sean cada vez más apropiados a las
nuevas situaciones también las que requieren una nueva evangelización y
animados por el impulso misionero: «La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la
identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo
en el compromiso por la misión universal» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2).
Id y anunciad
Este objetivo se reaviva continuamente por la celebración de la liturgia, especialmente
de la Eucaristía, que se concluye siempre recordando el mandato de Jesús resucitado a
los Apóstoles: «Id...» (Mt 28, 19). La liturgia es siempre una llamada «desde el
mundo» y un nuevo envío «al mundo» para dar testimonio de lo que se ha experimentado:
el poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder salvífico del Misterio pascual de
Cristo. Todos aquellos que se han encontrado con el Señor resucitado han sentido la
necesidad de anunciarlo a otros, como hicieron los dos discípulos de Emaús. Después de
reconocer al Señor al partir el pan, «y levantándose en aquel momento, se volvieron a
Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once» y refirieron lo que había sucedido
durante el camino (Lc 24, 33-35). El Papa Juan Pablo II exhortaba a estar «vigilantes y
preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el
gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor!» (Novo millennio ineunte, 59).
A todos
Destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia «es, por su
propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la
misión del Espíritu Santo, según el plan de Dios Padre» (Ad gentes, 2). Esta es «la
dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Existe para
evangelizar» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca
cerrarse en sí misma. Arraiga en determinados lugares para ir más allá. Su acción, en
adhesión a la palabra de Cristo y bajo la influencia de su gracia y de su caridad, se
hace plena y actualmente presente a todos los hombres y a todos los pueblos para
conducirlos a la fe en Cristo (cf. Ad gentes, 5).
Esta tarea no ha perdido su urgencia. Al contrario, «la misión de Cristo Redentor,
confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse... Una mirada global a la humanidad
demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos
con todas nuestras energías en su servicio» (Redemptoris missio, 1). No podemos
quedarnos tranquilos al pensar que, después de dos mil años, aún hay pueblos que no
conocen a Cristo y no han escuchado aún su Mensaje de salvación.
No sólo; es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio
del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se reconocen ya en la Iglesia; y muchos
ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios a
abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural, alimentado también por
la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un
cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje
evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la
ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de
los valores morales.
Corresponsabilidad de todos
La misión universal implica a todos, todo y siempre. El Evangelio no es un bien exclusivo
de quien lo ha recibido; es un don que se debe compartir, una buena noticia que es preciso
comunicar. Y este don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los
bautizados, los cuales son «linaje elegido, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1
P 2, 9), para que proclame sus grandes maravillas.
En ello están implicadas también todas las actividades. La atención y la cooperación
en la obra evangelizadora de la Iglesia en el mundo no pueden limitarse a algunos momentos
y ocasiones particulares, y tampoco pueden considerarse como una de las numerosas
actividades pastorales: la dimensión misionera de la Iglesia es esencial y, por tanto,
debe tenerse siempre presente. Es importante que tanto los bautizados de forma individual
como las comunidades eclesiales se interesen no sólo de modo esporádico y ocasional en
la misión, sino de modo constante, como forma de la vida cristiana. La misma Jornada
mundial de las misiones no es un momento aislado en el curso del año, sino que es una
valiosa ocasión para detenerse a reflexionar si respondemos a la vocación misionera y
cómo lo hacemos; una respuesta esencial para la vida de la Iglesia.
Evangelización global
La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos. Entre estos, la
animación misionera ha prestado siempre una atención peculiar a la solidaridad. Este es
también uno de los objetivos de la Jornada mundial de las misiones, que a través de las
Obras misionales pontificias, solicita ayuda para el desarrollo de las tareas de
evangelización en los territorios de misión. Se trata de sostener instituciones
necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los
seminarios, los sacerdotes; y también de dar la propia contribución a la mejora de las
condiciones de vida de las personas en países en los que son más graves los fenómenos
de pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios
sanitarios y para la educación. También esto forma parte de la misión de la Iglesia. Al
anunciar el Evangelio, la Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido pleno. No es
aceptable, reafirmaba el siervo de Dios Pablo VI, que en la evangelización se descuiden
los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma
de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política. Desinteresarse
de los problemas temporales de la humanidad significaría «ignorar la doctrina del
Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad» (Evangelii nuntiandi,
31. cf. n. 34); no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual
«recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la
buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9, 35).
Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el
cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que
Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la
humanidad. Los retos que esta encuentra llaman a los cristianos a caminar junto a los
demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos,
aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del
Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la
Iglesia.
Que la Jornada mundial de las misiones reavive en cada uno el deseo y la alegría de
«ir» al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo. En su nombre os imparto de
corazón la bendición apostólica, en particular a quienes más se esfuerzan y sufren por
el Evangelio.
BENEDICTUS PP. XVI
ORACIÓN
Señor Jesús,
que has prometido permanecer entre nosotros
si nos amamos como Tú nos amas,
Te rogamos lleves a buen término
-por los caminos de la paz,
de la justicia y del perdón
a esta humanidad lacerada de guerras,
violencia y hambrienta de fraternidad.
Da fortaleza a los misioneros
que están llevando la antorcha de la fe
y haz que,
siguiendo los pasos de San Francisco Javier,
sean testigos valientes del Evangelio,
Infunde en muchos jóvenes la ilusión de seguirte por
el camino de la vocación al laicado,
a la vida consagrada y a la vida sacerdotal.
Te lo pedimos en unión con María,
Reina de las Misiones
y Estrella de la Nueva Evangelización.
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