DOMUND 2009
EXPLICACIÓN
DEL LEMA DE 2009: LA PALABRA, LUZ PARA LOS PUEBLOS
La Palabra de Dios es un bien para todos los hombres, que la Iglesia no debe conservar solo para sí, sino compartir con alegría y generosidad con todos los pueblos y las culturas, para que también ellos puedan encontrar en Jesucristo el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14,6). Mirando al ejemplo de San Pablo, de los apóstoles y de tantos misioneros que, a lo largo de la historia, llevaron el Evangelio a los pueblos, este Sínodo reafirma la urgencia de la misión ad gentes también en nuestro tiempo. Un anuncio que debe ser explícito, hecho no solo dentro de nuestras iglesias, sino en todas partes, y debe ser acompañado por el testimonio coherente de vida, la cual hace evidente el contenido y lo refuerza. Obispos, sacerdotes, diáconos, personas de vida consagrada y laicos deben estar cerca también de las personas que no participan en la liturgia y no frecuentan nuestras comunidades. La Iglesia deber ir hacia todos con la fuerza del Espíritu (cf. 1Co 2,5) y seguir proféticamente defendiendo el derecho y la libertad de las personas a escuchar la Palabra de Dios, buscando los medios más eficaces para proclamarla, incluso con el riesgo de la persecución. (Sínodo de los Obispos, 2008, proposición 49).
EXPLICACIÓN DEL CARTEL 2009
Un
misionero. Con la
Palabra de Dios en la mano, anuncia la Buena Nueva del Evangelio. Ni siquiera tiene un
templo para ello. Como lo hizo Jesús, al aire libre.
La Palabra (en
la mano y en el lema). Es la Palabra de Dios proclamada a los hombres para que la
escuchen, mediten y acojan como la carta escrita por Dios para cada uno.
La cruz. Clavada
en la tierra. Es la señal de identidad para aquellos que se han reunido en el nombre del
Señor, procedentes de todos los pueblos.
PREGUNTAS FRECUENTES
¿Qué es la obra de la propagación de la Fe?
La Obra Pontificia de la Propagación de la fe es una institución universal de la Iglesia de cooperación con las misiones a través de la oración, el sacrificio, la promoción de las vocaciones misioneras y la cooperación económica y material de los cristianos de todo el mundo.
¿Cuándo se celebra esta jornada?
La actividad de cooperación espiritual y material de esta Obra es permanente durante todo el año, pero alcanza especial significación durante el llamado "Octubre misionero". El día del DOMUND es el centro de la celebración misionera.
¿Cuáles son sus principales
fines?
1. Suscitar el interés por la evangelización universal en las familias, las comunidades cristianas, las parroquias, los centros docentes, los movimientos eclesiales y las sociedades apostólicas.
2. Fomentar las vocaciones misioneras.
3. Animar a la cooperación espiritual a favor de las misiones.
4. Favorecer el intercambio de personal apostólico para la evangelización del mundo.
5. Colaborar con aportaciones económicas a las necesidades de las Iglesias de misión.
ORACIÓN
Señor Jesús,
que has prometido permanecer entre nosotros
si nos amamos como Tú nos amas,
Te rogamos lleves a buen término
-por los caminos de la paz,
de la justicia y del perdón
a esta humanidad lacerada de guerras,
violencia y hambrienta de fraternidad.
Da fortaleza a los misioneros
que están llevando la antorcha de la fe
y haz que,
siguiendo los pasos de San Francisco Javier,
sean testigos valientes del Evangelio,
Infunde en muchos jóvenes la ilusión de seguirte por
el camino de la vocación al laicado,
a la vida consagrada y a la vida sacerdotal.
Te lo pedimos en unión con María,
Reina de las Misiones
y Estrella de la Nueva Evangelización.
MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2009
En este domingo
dedicado a las misiones, me dirijo ante todo a vosotros, Hermanos en el ministerio
episcopal y sacerdotal, y también a vosotros, hermanos y hermanas de todo el Pueblo de
Dios, para exhortar a cada uno a reavivar en sí mismo la conciencia del mandato misionero
de Cristo de hacer discípulos a todos los pueblos (Mt 28,19), siguiendo los
pasos de San Pablo, el Apóstol de las Gentes.
Las naciones caminarán a su luz (Ap 21,24). Objetivo de la misión de la
Iglesia es, en efecto, iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino
histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena y su cumplimiento.
Debemos sentir el ansia y la pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de
Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única
familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios.
En esta perspectiva los discípulos de Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se
esfuerzan, gimen bajo el peso de los sufrimientos y donan la vida. Reafirmo con fuerza lo
que ha sido varias veces dicho por mis venerados predecesores: la Iglesia no actúa para
extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del
mundo. Nosotros no pedimos sino el ponernos al servicio de la humanidad, especialmente de
aquella más sufriente y marginada, porque creemos que el esfuerzo orientado al
anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo... es sin duda alguna un servicio
que se presta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad (Evangelii
nuntiandi, 1), la cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber
perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia (Redemptoris
missio, 2).
1. Todos los pueblos, llamados a la salvación
La humanidad entera tiene la vocación radical de regresar a su fuente, que es Dios, el
único en quien encontrará su realización final mediante la restauración de todas las
cosas en Cristo. La dispersión, la multiplicidad, el conflicto, la enemistad serán
repacificadas y reconciliadas mediante la sangre de la Cruz, y reconducidas a la unidad.
El nuevo inicio ya comenzó con la resurrección y exaltación de Cristo, que atrae a sí
todas las cosas, las renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios. El futuro de
la nueva creación brilla ya en nuestro mundo y enciende, aunque en medio de
contradicciones y sufrimientos, la esperanza de una vida nueva. La misión de la Iglesia
es la de contagiar de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo llama,
justifica, santifica y envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, para que
todas las naciones lleguen a ser Pueblo de Dios. Solo dentro de dicha misión se comprende
y autentifica el verdadero camino histórico de la humanidad. La misión universal debe
convertirse en una constante fundamental de la vida de la Iglesia. Anunciar el Evangelio
debe ser para nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso impostergable y
primario.
2. Iglesia peregrina
La Iglesia universal, sin confines y sin fronteras, se siente responsable del anuncio del
Evangelio ante pueblos enteros (cf. Evangelii nuntiandi, 53). Ella, germen de esperanza
por vocación, debe continuar el servicio de Cristo al mundo. Su misión y su servicio no
son a la medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el
cuadro de la existencia temporal, sino de una salvación trascendente, que se actúa en el
Reino de Dios (cf. Evangelii nuntiandi, 27). Este Reino, aun siendo en su plenitud
escatológico y no de este mundo (cf. Jn 18,36), es también en este mundo y en su
historia fuerza de justicia, de paz, de verdadera libertad y de respeto de la dignidad de
cada hombre. La Iglesia busca transformar el mundo con la proclamación del Evangelio del
amor, que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y
actuar... y así llevar la luz de Dios al mundo (Deus caritas est, 39). Es a esta
misión y servicio al que, con este Mensaje, llamo a participar a todos los miembros e
instituciones de la Iglesia.
3. Missio ad gentes
De este modo, la misión de la Iglesia es la de llamar a todos los pueblos a la salvación
operada por Dios a través de su Hijo encarnado. Es necesario por lo tanto renovar el
compromiso de anunciar el Evangelio, que es fermento de libertad y de progreso, de
fraternidad, de unidad y de paz (cf. Ad gentes, 8). Deseo confirmar una vez más que
la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la
Iglesia (Evangelii nuntiandi, 14), tarea y misión que los amplios y profundos
cambios de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Está en cuestión la
salvación eterna de las personas, el fin y la realización misma de la historia humana y
del universo. Animados e inspirados por el Apóstol de las Gentes, debemos ser conscientes
de que Dios tiene un pueblo numeroso en todas las ciudades recorridas también por los
apóstoles de hoy (cf. Hch 18,10). En efecto, la promesa es para todos aquellos que
son lejanos, para cuantos llamará el Señor nuestro Dios (Hch 2,39).
La Iglesia entera debe comprometerse en la missio ad gentes, hasta que la soberanía
salvadora de Cristo no se realice plenamente: Al presente no vemos que todas las
cosas estén sometidas a Él (Hb 2,8).
4. Llamados a evangelizar también mediante el martirio
En esta Jornada dedicada a las misiones, recuerdo en la oración a quienes han hecho de su
vida una exclusiva consagración al trabajo de evangelización. Una mención particular es
para aquellas Iglesias locales y para aquellos misioneros y misioneras que se encuentran
testimoniando y difundiendo el Reino de Dios en situaciones de persecución, con formas de
opresión que van desde la discriminación social hasta la cárcel, la tortura y la
muerte. No son pocos quienes actualmente son llevados a la muerte por causa de su
Nombre. Es aún de una actualidad tremenda lo que escribía mi venerado
predecesor, el Papa Juan Pablo II: La memoria jubilar nos ha abierto un panorama
sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una
manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución,
a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema (Novo millennio ineunte,
41).
La participación en la misión de Cristo, en efecto, marca también la vida de los
anunciadores del Evangelio, para quienes está reservado el mismo destino de su Maestro.
Acordaos de la palabra que os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si a mí
me han perseguido, también os perseguirán a vosotros (Jn 15,20). La Iglesia sigue
el mismo camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica
humana o contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y
haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañera de viaje de esta
humanidad.
A las Iglesias antiguas como a las de reciente fundación les recuerdo que han sido
colocadas por el Señor como sal de la tierra y luz del mundo, llamadas a difundir a
Cristo, Luz de las gentes, hasta los extremos confines de la tierra. La missio ad gentes
debe constituir la prioridad de sus planes pastorales.
A las Obras Misionales Pontificias dirijo mi agradecimiento y mi aliento por el
indispensable trabajo de animación, formación misionera y ayuda económica que aseguran
a las jóvenes Iglesias. A través de estas instituciones pontificias se realiza en modo
admirable la comunión entre las Iglesias, con el intercambio de dones, en la solicitud
mutua y en la común proyección misionera.
5. Conclusión
El empuje misionero ha sido siempre signo de vitalidad de nuestras Iglesias (cf.
Redemptoris missio, 2). Es necesario, sin embargo, reafirmar que la evangelización es
obra del Espíritu y que, incluso antes de ser acción, es testimonio e irradiación de la
luz de Cristo (cf. Redemptoris missio, 26) por parte de la Iglesia local, que envía sus
misioneros y misioneras para ir más allá de sus fronteras. Pido por lo tanto a todos los
católicos que recen al Espíritu Santo para que aumente en la Iglesia la pasión por la
misión de difundir el Reino de Dios, y que sostengan a los misioneros, las misioneras y
las comunidades cristianas comprometidas en primera línea en esta misión, a veces en
ambientes hostiles de persecución.
Al mismo tiempo, invito a todos a dar un signo creíble de comunión entre las Iglesias,
con una ayuda económica, especialmente en la fase de crisis que está atravesando la
humanidad, para colocar a las Iglesias locales en condición de iluminar a las gentes con
el Evangelio de la caridad.
Nos guíe en nuestra acción misionera la Virgen María, Estrella de la Nueva
Evangelización, que ha dado al mundo a Cristo, puesto como luz de las gentes, para que
lleve la salvación hasta los extremos de la tierra (Hch 13,47).
A todos mi Bendición.
Benedicto XVI,
Vaticano 29 de junio de 2009
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