EL INFIERNO
¿Existe el infierno? Por supuesto que sí.
Dios mismo, que tanto nos ama, nos habla de él. Sin embargo, hay personas que piensan que
si Dios es amor y si Dios es padre, no puede existir el castigo del Infierno. Esas
personas están profundamente equivocadas. Dios es Padre misericordioso, pero también es
justo. Dios nos ha hecho libres y por tanto, si una persona no quiere saber nada de Dios y
no quiere cumplir sus mandamientos, Dios no es culpable de su perdición. Si uno se
encierra en una habitación y no deja que entre la luz del sol, ¿quién tiene la culpa de que
esa habitación esté a oscuras? Dios está deseando que nos acojamos a su misericordia, pero
si un pecador rechaza voluntariamente la misericordia de Dios, él y sólo él es el
culpable de su condenación.
La existencia del infierno es un dogma de fe, es decir, una verdad de fe proclamada
solemnemente por el Magisterio de la Iglesia como perteneciente a la Revelación, y por
tanto irreformable. Además, la fe claramente nos dice que "las almas de los que
mueren en estado de pecado mortal van al infierno".
Los católicos no debemos basar nuestra buena conducta en el temor al infierno, sino en el
amor a Dios. Sin embargo, es conveniente recordar que hay un castigo justo. El temor nos
debe ayudar a evitar aquello que nos causa daño. En momentos de debilidad y ceguera,
cuando acecha la tentación, pensar en el infierno es conveniente y provechoso.
Mucha gente vive como si no existiera el infierno y no les interesa que se hable de él.
Ellos dicen que nadie ha venido del otro mundo para mostrarnos la existencia del infierno,
pero están equivocados, ya que el propio Jesucristo vino al mundo y nos habló de él.
Jesús llama al infierno "gehenna", palabra aramea que se refiere al valle del
Hinnon, situado al sur de Jerusalén. Era un vertedero de desechos de la ciudad y el fuego
que allí ardía y los gusanos de la basura, vinieron a ser símbolos de los tormentos
eternos. En el evangelio podemos leer las siguientes referencias de Jesús hablando del
infierno: Lo llama "gehenna de fuego" (Mt. 5,22) "gehenna donde el gusano
no muere ni el fuego se extingue" (Mc. 9, 46-47); "fuego eterno" (Mt.
25,41); "fuego inextinguible" (Mt. 3,12; Mc 9,42); "horno de fuego"
(Mt. 13,42); "suplicio eterno" (Mt. 25,46)... Allí hay tinieblas (Mt. 8,12; Mt
22,13, Mt. 25,30), "aullidos y rechinar de dientes" (Mt. 13,42, Lc. 13,28).
No perdamos de vista además, que el infierno es nada menos que eterno, no hay vuelta
atrás posible.
Es bueno recordar en este momento la escena del rico Epulón, contada por Jesús a los
fariseos: había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día
celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a
su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y
hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y
fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado.
Estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a
Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y
envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque
estoy atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú
recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es
consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros hay
interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no
pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Y dijo: Te ruego entonces, padre, que le
envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan
también a este lugar de tormentos. Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los
Profetas. ¡Que los oigan! El dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los
muertos va a ellos, se convertirán. Y les dijo: Si no escuchan a Moisés y a los
Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite"(Lc 16, 19-31).
En la actualidad, Dios podría decir algo así como "Ahí tenéis las palabras del
Papa, de los obispos, de vuestros sacerdotes, que os hablan en mi nombre. Si a ellos no
les hacéis caso, es inútil que resucite a un muerto para avisaros de que hay infierno y
que a él podéis ir, porque no haréis caso.
Javier López
Web Católico de Javier
http://webcatolicodejavier.org
Testimonios de quienes
han visto el infierno
Santa Teresa de Jesús, Santa Faustina Kowalska, la Venerable Ana de San Agustín, la
Venerable Ana Catalina Emmerick, Lucía de Fátima, etc. han tenido la oportunidad de ver
el infierno. A continuación, podrán leer algunos testimonios.
Visión del infierno de Santa
Faustina Kowalska, según lo escribió en su diario:
"Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran
tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la
primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno
remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; (160)
la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya
que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta
tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad,
los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el
propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la
séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y
blasfemias. Éstas son las torturas sufridas por todos los condenado juntos, pero ése no
es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas
particulares. Éstos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos
terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que ha pecado. Hay cavernas y
hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la
visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.
Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que
suele usar para pecar. (161) Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna
alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha
estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden
de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre
él y para testificar sobre su existencia. No puedo hablar ahora sobre él; pero he
recibido una orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios estaban llenos de odio
hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra
pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están
allí son de aquéllos que descreyeron que hay un infierno. Cuando regresé, apenas podía
recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! Por consiguiente, oro
aun más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la
misericordia de Dios sobre ellos.
Oh mi Jesús, preferiría estar en agonía hasta el fin del mundo, entre los mayores
sufrimientos, antes que ofenderte con el menor de los pecados".
Ana Catalina Emmerick dice que es un país de infinitos tormentos, un mundo horrible
y tenebroso . Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas,
sentía quiénes estaban condenadas. Dice: Veía salir como un vaho negro que me
estremecía de algunos sepulcros. En estos casos, la idea viva de la santísima justicia
de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales
sepulcros .
Santa Teresa de Jesús nos cuenta: Un
día murió cierta persona, que había vivido harto mal y por muchos años. Murió sin
confesión, mas con todo esto no me parecía a mí que se había de condenar Estando
amortajando el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo y parecía que jugaban con
él... Cuando echaron el cuerpo en la sepultura, era tanta la multitud de demonios, que
estaban dentro para tomarle, que yo estaba fuera de mí de verlo y no era menester poco
ánimo para disimularlo.
Consideraba qué harían de aquel alma, cuando así se enseñoreaban del triste cuerpo.
Ojalá el Señor hiciera ver esto que yo ví a todos los que están en mal estado, que me
parece fuera gran cosa para hacerlos vivir bien (Vida 38,24).
Lucía de Fátima cuenta en sus Memorias la visión del infierno aquel 13 de
julio de 1917: Vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y
las almas, entre gritos y gemidos de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas
horribles y asquerosas como negros carbones en brasa. Nuestra Señora nos dijo entre
bondad y tristeza: Habéis visto el infierno adonde van las almas de los pobres pecadores.
Catequesis del
Venerable Juan Pablo II, 28 de julio 1999
"El infierno como rechazo definitivo de Dios"
1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre,
llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su
perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta
trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o
infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del
desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de
infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz
de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir,
en "un infierno".
Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última
consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación
en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el
último instante de su vida.
2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que
se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no
estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba
que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb
10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7,
9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).
El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo
anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder
liberador también en el reino de los muertos.
Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al
hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado "de acuerdo con sus
obras" (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar
destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde "será el llanto
y el rechinar de dientes" (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de
"fuego que no se apaga" (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de
narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el
lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc
16, 19_31).
También el Apocalipsis representa figurativamente en un "lago de fuego" a los
que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una
"segunda muerte" (Ap 20, 13 ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no
abrirse al Evangelio, se predisponen a "una ruina eterna, alejados de la presencia
del Señor y de la gloria de su poder" (2 Ts 1, 9).
3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben
interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin
Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse
quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume
los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: "Morir en
pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado
de auto exclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que
se designa con la palabra infierno" (n. 1033).
Por eso, la "condenación" no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado
que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha
creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La
"condenación" consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente
de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa
opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.
4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del "sí" y del "no" que
caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya "no". Se trata de
las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama
demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800_801). Para nosotros, los seres humanos, esa
historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en
la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre
dijo "sí" a Dios.
La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin
especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados
efectivamente en ella. El pensamiento del infierno y mucho menos la utilización impropia
de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una
exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús
resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar
"Abbá, Padre" (Rm 8, 15; Ga 4, 6).
Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja
eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo,
las palabras del Canon Romano: "Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus
siervos y de toda tu familia santa (...), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos
entre tus elegidos".
¿Qué nos dice el
Catecismo de la Iglesia Católica sobre el infierno?
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no
podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra
nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su
hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en
él" (1 Jn 3,15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si
omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus
hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el
amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra
propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con
Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".
1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se
apaga" (cf. Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de
su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo
(cf Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles que
recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo"
(Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí, malditos al
fuego eterno!" (Mt 25, 41).
1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las
almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos
inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego
eterno" (cf DS 76; 409; 411; 80 1; 858; 1002; 135 1; 1575; SPF 12). La pena principal
del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el
hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del
infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su
libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento
apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la
puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por
ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos
son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar
continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra,
mereceremos entrar con El en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán
ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde
"habrá llanto y rechinar de dientes" (LG 48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es
necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el
final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia
implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos
lleguen a la conversión" (2 P 3:9).
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