Influencia

Dejando de lado contemporáneos que con mucha probabilidad tuvieron su influencia, como Inés Pedrosa o de Moncada (1388 - 1428), la Beata Margarita de Saboya Acaya (1382 - 1464) o el Beato Pedro Geremía (1399 - 1452), mencionemos únicamente su Compañía de penitentes y otros discípulos.

Con exactitud esta Compañía era de penitencia, si bien los penitentes constituían a veces una verdadera cofradía de flagelantes. Estaba integrada por oyentes de su predicación, que manifestaban su conversión a través de estas prácticas, permaneciendo en su seno más o menos tiempo. Precedían la entrada solemne del predicador en la población entregándose a sus piadosas prácticas, lo que atraía la curiosidad y la piedad de las multitudes, preparando así espiritualmente al auditorio para la predicación. Pero malos tiempos corrían para los flagelantes, si bien lo dice él mismo siempre enseñó y continuará enseñando que todos sometan enteramente sus obras, palabras y escritos a las determinaciones de la Iglesia como hace él.

Por otra parte, parecería que después de su muerte se dio un distanciamiento todavía mayor del que ya había entre esta Compañía de importante función en la conservación y transmisión de algunos de sus sermones y precisamente las instancias francesas de la Orden dominicana, llegando a "condenarla" al silencio.

Los biógrafos antiguos hablan también de aquellos que estuvieron cerca de él durante más o menos tiempo atraídos por su personalidad y doctrina. Y así señalan entre los dominicos a: Jofré de Blanes, Pedro de Queralt, Pedro Cerdán y Pedro Martínez, etc. Pero no debe dejar de mencionarse al mercedario Juan Gilabert Jofré y a otros como: Juan de Aloy, Pedro de Moya, Juan García, el francés Blas de Alvernia y el italiano Antonio de Auria. Además, otros que integrarán un movimiento de restauración de la observancia de la vida dominicana, que culminó pocos años después de su muerte en su misma Provincia (Raimundo Pulgar; Nicolás Carbonell; Martín Trilles; León Beneyto; Rafael García).

Antes de pasar a la presencia posterior del Santo, deben tenerse en cuenta sus diversas tradiciones hagiográficas pues son el pertinente caldo de cultivo donde surgieron tales influencias y pervivencias.


Al ser canonizado en 1455, no estaba escrita aún su legenda y tuvo que redactarse con sensible retraso, con todas sus consecuencias. Su primera biografía es más la obra de un humanista cristiano que un texto medieval, algo nuevo en la literatura hagiográfica. Fue este primer biógrafo el ya citado Pietro Ranzano en torno a 1456, dominico del Convento de San Domenico de Palermo, años después Obispo de Lucera. Su obra está en la base de la tradición hagiográfica vicentina, aunque continúa siendo olvidada en nuestros días. Siguiendo sus huellas, tenemos una tradición italiana con autores tan valiosos como san Antonino de Florencia, Leandro Alberto, Juan Antonio Flaminio y otros nombres de la hagiografía doméstica dominicana.

Pero la tradición vicentina tiene su pleno desarrollo literario, y también artístico, en Valencia. La obra de Ranzano fue utilizada para la Vida escrita en prosa valenciana por Miquel Pérez, traductor notable; su obra fue impresa en la misma Valencia en 1510, pero con escasa difusión. A lado de ella tenemos un texto que no se llegó a publicar hasta el siglo xx, pero de gran importancia en la tradición dominicana. Me refiero al opúsculo de Baltasar Sorió op, titulado De Viris illustribus Provinciae Aragoniae Ordinis Praedícatorum, escrito entre 1516 1522. En él ofrece un compendio biográfico del santo, sin fechas y temas cronológicos, pero que añade algunos milagros locales.
Sin olvidar la Crónica de Viciana que ofrece en 1563 una breve síntesis de la vida del santo brindando ya datos fehacientes, será al comienzo del último cuarto de este mismo siglo XVI y en el ambiente de los frailes dominicos reformados, cuando nazca como verdadera exigencia espiritual la preocupación por el conocimiento sólido del santo, con una preocupación hagiográfica ya muy diferenciada de la de Ranzano y de los otros autores. Se recibe la tradición amorosamente, pero se pretende aquilatar los hechos históricos y se busca para ello un apoyo en los documentos. Es la corriente iniciada por los ya mencionados Vicente Justiniano Antist y Francisco Diago.

Pasemos ahora ya a señalar algunos significativos casos de influencia vicentina hasta el siglo XVII.

En el ámbito dominicano debe señalarse el italiano Manfredo de Vercelli op (+h. 1432) que, influido por el ejemplo de san Vicente, lo imitó como predicador apocalíptico a partir de 1417 en la Liguria y el Piamonte, suscitando y guiando un movimiento penitencial, que fue condenado y reprobado. También debe indicarse a Jerónimo Savonarola op (1452 1498). Para él, san Vicente poseía cinco condi ciones necesarias, que debía tener todo predicador: "un ángel, desasido de los intereses mundanos pero en medio de la Iglesia, anunciador del Evangelio y no de mentiras, volcado a todos sin acepción de personas, apasionado. Todas estas condiciones se verificaron en Vicente, sobre todo la quinta: efectivamente su apasionamiento aterrorizaba y provocaba la inmediata conversión de multitud de personas, comprendidos judíos y moros".

Además, el valenciano Juan Gavastón op (+ 1623), autor de una biografía del santo y, sobre todo, primer comentarista y traductor al castellano si bien no es demasiado literal del Tratado de la vida espiritual. Así como su pariente por línea materna san Luis Bertrán op (1526 1581) y lo que se ha denominado su Escuela de Espiritualidad. Influencia vicentina que alcanzará una gran difusión gracias a la edición de los cuatro volúmenes de sus Sermones por sus contenidos y por considerarlo "modelo" de predicador fruto del encargo a sus hermanos de Orden en la década de 1690 del Arzobispo de Valencia Juan Tomás de Rocabertí.

En los ámbitos no pertenecientes a la Orden Dominicana, podría citarse cronológicamente en primer lugar a la monja valenciana sor Isabel de Villena (1430 1490), pero posiblemente las coincidencias se deben a que ambos utilizan los mismos materiales que adaptan o copian (p.e. Dionisio el Cartujano, Santiago de Vorágime, etc.), si bien hay por lo menos una presencia expresa, como es el caso del sermón de santa María Magdalena.

También está el abad García Ximénez de Cisneros (c.1456 1510), benedictino del catalán monasterio Montserrat, cuyo Exercitatorio de la vida espiritual impreso en 1500, evocaría por luz y por estilo el Tratado de la vida espiritual vicentino, pero también a otras obras similares (Francisco Eximenis, etc.) . Por otra parte, en 1510 aparecerá la versión castellana de esta última obra, mandada hacer por el reformador cardenal franciscano Francisco Ximénez de Cisneros (1436 1517), aunque "mutilada" por razones doctrinales favorables a las visiones y arrobamientos. A ella seguirán otras ediciones ya íntegras en León (1528) y Barcelona (1585).

De esta misma época es san Ignacio de Loyola (1491 1556) y su Libro de los Ejercicios Espirituales, empezado a redactar hacia 1522 y en el cual algunos autores han detectado una clara influencia vicentina, si bien ha sido ardorosamente discutida por otros. Y en Valencia deben señalarse al franciscano beato Nicolás Factor (1520 1583) y al Arzobispo san Juan de Ribera (1532 161 l), según constata la tradición hagiográfica valenciana.

Y así, podría continuarse rastreando su influencia a través de sus múltiples biografías y la lectura de sus sermones y de su Tratado de vida espiritual

 

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