
Un día, después de haber asistido a la Misa del misionero con otros fieles y catecúmenos, se la vio correr al altar y mirar por todas partes; se le preguntó qué buscaba y respondió que, a la segunda mitad de la Misa, había visto a dos Niños de maravillosa hermosura, y que quería ver dónde los había escondido el padre misionero.
Se le explicó entonces que aquélla había sido la visión milagrosa que Dios le mandaba para disipar sus dudas y se convenció plenamente cuando supo también que las Hostias consagradas eran dos, una de las cuales debía servir para la Comunión de un devoto.
(Ciotti, Narraciones de Primera Comunión).
