
En medio de la actuación, pasó lo peor: las luces se apagaron. Él se sobrecogió y rápidamente pidió ayuda a Dios diciendo internamente: ¡Padre, ayúdame! Por casi treinta largos segundos, el entrenador estuvo encerrado con los tigres en la oscuridad. Con su visión nocturna superior, los tigres podían verlo, pero él no los veía a ellos. Cuando regresaron las luces, con calma terminó su actuación.
Cuando le preguntaron al entrenador cómo se sintió, él admitió sentir un frío temor al principio, pero luego -dijo-, se dió cuenta de que aunque él no podía ver a los felinos, ellos no lo sabían. Él dijo: "Solo continué haciendo sonar mi látigo y hablándoles hasta que las luces regresaron. Ellos nunca supieron que yo no les podía ver tan bien como ellos me veían a mí."
Nosotros no podemos ver a Dios con nuestros ojos, pero Dios nos ve en todo momento. Si nos encomendamos a Él con fe, siempre velará por nosotros.
