Marie-Simon-Pierre, una hermana nacida en 1962, perteneciente a la
congregación de las Hermanitas de las Maternidades Católicas, que trabaja actualmente en
la maternidad de la Sainte Félicité, en el distrito número 15 de París, ha sido curada
de parkinson por intercesión de Juan Pablo II.
A Marie-Simon-Pierre le diagnosticaron los trastornos neurológicos propios de esa
enfermedad en junio de 2001, una enfermedad que también padeció Juan Pablo II. A
continuación, podrán leer el testimonio de la Hermana Marie Simon Pierre, traducido al
castellano por el semanario Alfa y Omega:
<<Estaba enferma de Parkinson. Me fue diagnosticado en junio de 2001. La
enfermedad me había afectado toda la parte derecha del cuerpo, causándome una serie de
dificultades. Después de tres años, de una fase inicial lentamente progresiva de la
enfermedad, se agravaron los síntomas, se acentuaron los temblores, la rigidez, los
dolores y el insomnio.
Desde el 2 de abril de 2005, comencé a empeorar de semana en semana, me debilitaba de
día en día, no conseguía escribir -soy zurda- y, si intentaba hacerlo, lo que escribía
era difícilmente legible. No conseguía conducir el coche, salvo en trayectos muy breves,
porque mi pierna izquierda se bloqueaba a veces durante mucho rato y la rigidez no me
permitía conducir. Para desarrollar mi trabajo en el ámbito hospitalario necesitaba
además siempre mucho tiempo. Estaba totalmente exhausta. Después del diagnóstico, me
era difícil ver a Juan Pablo II en televisión; pero me sentía muy cercana a él en la
oración, y sabía que podía entender lo que yo vivía. Admiraba su fuerza y su coraje,
que me estimulaban a no rendirme y a amar este sufrimiento. Sólo el amor habría dado
sentido a todo ello. Era una lucha cotidiana, pero mi único deseo era vivirla en la fe, y
de aceptar con amor la voluntad del Padre.
Era la Pascua de 2005, y deseaba ver a nuestro Santo Padre en televisión, porque en mi
interior sabía que sería la última vez que iba a poder hacerlo. Durante toda la mañana
me preparé para aquel encuentro (él me mostraba lo que yo sería al cabo de algunos
años). Era muy duro para mí, que era tan joven... Pero un imprevisto no me permitió
verlo.
La tarde del 2 de abril de 2005, estaba reunida toda la comunidad para participar en la
vigilia de oración en la plaza de San Pedro, transmitida en directo por la televisión
francesa de la diócesis de Paría (KTO), cuando fue anunciada la muerte de Juan Pablo II
se me vino el mundo encima. Había perdido al amigo que me entendía y que me daba la
fuerza de seguir adelante.
Notaba en aquellos días la sensación de un gran vacío, pero sentía la certeza de su
presencia viva. El 13 de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Benedicto XVI
anunció oficialmente el comienzo de la Causa de beatificación y canonización del Siervo
de Dios Juan Pablo II. A partir del 14 de mayo, las hermanas de todas las comunidades
francesas y africanas de mi Congregación pidieron la intercesión de Juan Pablo II para
mi curación. Rezaron incansablemente, hasta que llegó la noticia de la curación. Yo
estaba de vacaciones en aquellos días. El 26 de mayo, concluido el tiempo de descanso,
volví a la comunidad, totalmente exhausta a causa de la enfermedad. Si crees, verás la
gloria de Dios: éste es el fragmento del evangelio de San Juan que me acompaña desde el
14 de mayo. Y el 1 de junio: «¡No puedo más! Debo luchar para mantenerme en pie y
andar». El 2 de junio, por la tarde, fui a hablar con mi Superiora, para pedirle que me
dispensara de toda actividad laboral. Me pidió que resistiese todavía un poco, hasta el
regreso de Lourdes, en agosto, y añadió: «Juan Pablo II no ha dicho todavía la última
palabra».
Seguramente, él estaba presente en aquel encuentro, que se desarrolló en la paz y en la
serenidad. Luego, la Superiora me dio una estilográfica y me pidió que escribiera «Juan
Pablo II». Eran las 17 horas. A duras penas, escribí «Juan Pablo II». Ante la
caligrafía ilegible, permanecimos largo rato en silencio... Y la jornada prosiguió como
de costumbre. Tras la oración de la tarde, a las 21 horas, pasé por mi oficina para
volver después a mi habitación. Sentí el deseo de coger una estilográfica y escribir,
como si alguien me dijera: «Coge tu estilográfica y escribe
». Eran las 21:30/45.
La caligrafía era claramente legible, ¡sorprendente! Me tendí sobre la cama,
estupefacta. Habían pasado exactamente dos meses desde el regreso de Juan Pablo II a la
Casa del Padre... Me desperté a las 4:30, sorprendida de haber podido dormir. Me levanté
de la cama. Mi cuerpo ya no estaba dolorido, había desaparecido la rigidez e
interiormente ya no era la misma. Luego sentí una llamada interior y un fuerte impulso a
caminar para ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé a la capilla y permanecí en
oración. Sentí una profunda paz y una sensación de bienestar, una experiencia demasiado
grande, como un misterio, difícil de explicar con palabras.
Después, siempre ante el Santísimo Sacramento, medité los misterios de la luz, de Juan
Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para unirme a mis hermanas en la capilla, para un
momento de oración, seguido de la celebración eucarística. Tenía que recorrer unos 50
metros y, en aquel instante, al caminar, me di cuenta de que mi brazo izquierdo se
balanceaba, ya no estaba inmóvil a lo largo del cuerpo. Noté también una ligereza y una
agilidad física desconocidas para mí desde hacía mucho tiempo.
Durante la celebración eucarística, me sentí colmada de alegría y de paz. Era el 3 de
junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de Misa, estaba segura de que
estaba curada... «Mi mano ya no tiembla. Me voy de nuevo a escribir». A mediodía dejé
de tomar las medicinas.
El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo que me atendía desde hacía 4
años. Se quedó sorprendido, también él, al constatar la imprevista desaparición de
todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de que había interrumpido el tratamiento
cinco días antes de la visita. Al día siguiente, la Superiora General confió a todas
nuestras comunidades la acción de gracias, y toda la Congregación inició una novena de
gratitud a Juan Pablo II.
He interrumpido todo tipo de tratamiento. He reanudado el trabajo con normalidad, no tengo
dificultad alguna para escribir, y conduzco incluso larguísimas distancias. Me parece
haber renacido; es una vida nueva, porque nada es como antes. Hoy puedo decir que el amigo
que dejó nuestra tierra está ahora muy cercano a mi corazón. Ha hecho crecer en mí el
deseo de la adoración del Santísimo Sacramento y el amor por la Eucaristía, que tienen
un lugar de privilegio en mi vida de cada día.
Esto que el Señor me ha concedido vivir por intercesión de Juan Pablo II es un gran
misterio, difícil de explicar con palabras... Pero nada es imposible para Dios. Realmente
es cierto: «Si crees, verás la gloria de Dios».
Se trata del caso más impresionante de curación atribuído al difunto Papa, según
declaró hace unos días en Roma, Monseñor Slawomir Oder, encargado del proceso de
canonización de quien se llamara Karol Wojtyla antes de ser elegido Santo Padre como Juan
Pablo II en 1978.
El testimonio
conmovedor de esta religiosa podría constituir la prueba definitiva para que la
canonización del difunto Santo Padre tenga lugar, pues el proceso que acabaría haciendo
de Juan Pablo II un Santo al que se pueda rendir culto en el seno de la Iglesia, exige que
el candidato a la canonización haya, al menos, realizado un milagro.
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