Infancia y vocación franciscana
Maximiliano María Kolbe nació en Zduńska Wola, Polonia, en enero de 1894, cuando aquella región se encontraba bajo dominio ruso. Recibió en el bautismo el nombre de Raimundo. Creció en una familia profundamente cristiana y, siendo todavía adolescente, ingresó en el seminario de los franciscanos conventuales de Leópolis, donde tomó el nombre de Maximiliano.
Sus superiores lo enviaron a Roma para completar su formación. Estudió filosofía en la Universidad Gregoriana y teología en el Colegio Seráfico. Fue ordenado sacerdote el 28 de abril de 1918. Su salud, marcada desde joven por la tuberculosis, fue frágil durante toda su vida; sin embargo, aquella limitación nunca apagó su extraordinaria energía apostólica.
La Milicia de la Inmaculada
Durante sus años romanos, en 1917, fundó con otros compañeros la Milicia de la Inmaculada. Deseaba conducir a las personas hacia Cristo por medio de María y promover una vida católica activa, generosa y plenamente confiada a la Inmaculada. Para él, la evangelización debía aprovechar todos los medios lícitos que ofreciera cada época.
Su ideal era conquistar los corazones para Cristo, bajo la guía maternal de la Inmaculada.
Al regresar a Polonia difundió este movimiento entre religiosos, estudiantes, profesionales, trabajadores y familias. Aunque su enfermedad le dificultaba enseñar y predicar durante mucho tiempo, encontró en la prensa un instrumento providencial para extender el Evangelio.
Un apóstol de los medios de comunicación
En 1922 comenzó a publicar El Caballero de la Inmaculada, una modesta revista que nació con unos cientos de ejemplares y llegó, antes de la Segunda Guerra Mundial, a una tirada cercana al millón. Su propósito no era crear una gran empresa, sino poner la técnica, la organización y la comunicación al servicio de Dios.
En 1927 —y con gran desarrollo desde 1929— levantó cerca de Varsovia Niepokalanów, la «Ciudad de la Inmaculada». Lo que empezó con unas sencillas construcciones se convirtió en un importante centro franciscano, editorial y misionero. Allí centenares de frailes vivían con austeridad mientras imprimían revistas y materiales religiosos destinados a innumerables lectores.

Misionero en Japón
Su ardor apostólico lo llevó en 1930 a Asia. En Nagasaki fundó Mugenzai no Sono, una nueva «Ciudad de la Inmaculada», y comenzó a publicar en japonés El Caballero de la Inmaculada. Trabajó con enorme pobreza, aprendiendo a dialogar con una cultura muy distinta y mostrando respeto hacia personas de otras creencias. También impulsó una presencia misionera en la India.
La enfermedad lo obligó a regresar definitivamente a Polonia en 1936. Volvió a dirigir Niepokalanów y reafirmó el carácter religioso de su obra, al tiempo que se opuso con claridad a la ideología nacionalsocialista y a cualquier desprecio de la dignidad humana.
Niepokalanów, casa de acogida
Tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, el centro fue desmantelado temporalmente y el padre Kolbe detenido junto con otros religiosos. Liberado el 8 de diciembre, regresó a Niepokalanów. Allí los frailes acogieron a miles de desplazados, heridos y refugiados, entre ellos numerosos judíos perseguidos.
Maximiliano pudo haber buscado una situación más segura, pero rechazó privilegios que lo separaran de su pueblo. Continuó prestando ayuda material y espiritual hasta que fue arrestado de nuevo el 17 de febrero de 1941. Pasó por la prisión de Pawiak y el 28 de mayo fue trasladado a Auschwitz.
El prisionero 16670
En el campo recibió el número 16670. Por ser sacerdote fue sometido a humillaciones, golpes y trabajos especialmente duros. Aun así, compartía su escasa comida, consolaba a los desesperados, escuchaba confesiones y ayudaba a sus compañeros a conservar la fe y la dignidad. Quienes convivieron con él recordaron su serenidad y su convicción de que el odio destruye, mientras que el amor es creador.
A finales de julio de 1941, después de la fuga de un prisionero, los nazis escogieron a diez hombres para morir de hambre como represalia. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, lloró al pensar en su esposa y sus hijos. Maximiliano salió de la fila y pidió ocupar su lugar. Sorprendentemente, el comandante aceptó.
La entrega suprema
Encerrado con los condenados en el búnker del hambre, convirtió la desesperación en oración. Durante días se escucharon rosarios y cantos. Cuando, después de aproximadamente dos semanas, aún seguía con vida, un verdugo le administró una inyección de ácido fénico. Maximiliano ofreció serenamente el brazo y murió el 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de María. Tenía 47 años.
Su gesto no fue una reacción improvisada, sino la culminación de una vida entera de entrega. Había aprendido a ofrecer su trabajo, su enfermedad y sus sufrimientos por amor a Dios y a los demás. Franciszek Gajowniczek sobrevivió al campo y pudo dar testimonio de aquel sacrificio.
Beatificación, canonización y legado
El papa san Pablo VI lo beatificó en 1971. San Juan Pablo II lo canonizó el 10 de octubre de 1982 y lo proclamó mártir de la caridad. Su vida permanece como una de las expresiones más luminosas de las palabras de Cristo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».
San Maximiliano es recordado como apóstol de la Inmaculada, pionero de la evangelización mediante los medios de comunicación y testigo de fraternidad en uno de los lugares más crueles del siglo XX. Su mensaje conserva toda su fuerza: frente al odio, sólo el amor puede crear un mundo nuevo.

