Infancia y juventud en Asís
San Francisco de Asís nació en la ciudad italiana de Asís a finales de 1181 o comienzos de 1182. Era hijo de Pietro di Bernardone, un próspero comerciante de telas, y de Pica. Recibió inicialmente el nombre de Giovanni, pero su padre lo llamó Francesco, nombre con el que llegaría a ser conocido en todo el mundo.
Creció en un ambiente acomodado. Alegre, extrovertido y generoso, disfrutaba de las fiestas, la música y la compañía de sus amigos. Soñaba con realizar grandes hazañas y alcanzar el prestigio de los caballeros de su tiempo. Sin embargo, en medio de esa vida despreocupada ya mostraba sensibilidad ante la necesidad ajena y procuraba ayudar a los pobres.
La guerra, la enfermedad y el comienzo de la conversión
En 1202 participó en la guerra entre Asís y Perugia. Fue hecho prisionero y permaneció alrededor de un año en cautiverio. La experiencia de la prisión y la enfermedad posterior quebraron sus ilusiones de gloria y lo llevaron a preguntarse por el verdadero sentido de su vida.
Todavía intentó retomar el ideal caballeresco. En 1205 emprendió una nueva expedición, pero en Spoleto se produjo un cambio decisivo. La tradición franciscana recuerda un sueño en el que se le invitaba a elegir entre servir al siervo o al Señor. Francisco regresó a Asís y comenzó a buscar, mediante la oración y el silencio, lo que Dios esperaba de él.
Su transformación fue progresiva: se apartó de las diversiones que antes ocupaban su tiempo, frecuentó los lugares solitarios de Umbría y se acercó a los pobres. La pobreza dejó de parecerle una desgracia que debía evitar y empezó a verla como un camino para seguir a Jesucristo con libertad.
El encuentro con los leprosos
Uno de los episodios centrales de su conversión fue el encuentro con un leproso. Francisco sentía una profunda repugnancia ante aquella enfermedad, pero venció su rechazo y se acercó al enfermo con caridad. Las biografías tradicionales describen ese gesto mediante el abrazo o el beso al leproso.
A partir de entonces se dedicó a servir a los leprosos y a visitar a los enfermos. Descubrió que la fraternidad evangélica no podía quedarse en palabras: debía expresarse en una cercanía concreta a quienes sufrían y eran excluidos. El amor a Cristo lo condujo a reconocer como hermanos a los que antes le causaban temor.
San Damián: la llamada a reparar la Iglesia
Mientras rezaba ante el crucifijo de la pequeña iglesia de San Damián, Francisco recibió la llamada que marcaría su misión. Según los relatos franciscanos, Cristo le pidió que reparara su casa, que se encontraba en ruinas.
Al principio entendió esas palabras de manera literal. Vendió bienes para ayudar a restaurar la capilla y se puso a trabajar en su reconstrucción. Aquella decisión agravó el conflicto con su padre, que no aceptaba el rumbo tomado por su hijo ni el uso que hacía de los recursos familiares.
Con el tiempo, la llamada de San Damián reveló un significado más profundo: Francisco contribuiría a renovar la Iglesia mediante la fidelidad al Evangelio, la humildad y el testimonio de una vida entregada a Dios. Su deseo de renovación se mantuvo unido al amor a la Iglesia y a la obediencia.
La renuncia a los bienes y la «señora Pobreza»
Hacia 1206, el enfrentamiento con Pietro di Bernardone llegó ante el obispo de Asís. En un gesto radical, Francisco devolvió a su padre lo que había recibido de él y renunció a la herencia. Las fuentes tradicionales recuerdan que se despojó incluso de sus vestidos, acogiendo desde entonces a Dios como su Padre.
Vestido con una túnica sencilla y ceñido con un cordón, comenzó una vida de trabajo, oración y servicio. Para él, abrazar a la «señora Pobreza» significaba imitar a Jesús pobre, confiar en la Providencia y desprenderse de cuanto impidiera amar.
Soportó burlas y dificultades sin abandonar su propósito. Reparó San Damián y otras pequeñas iglesias, entre ellas Santa María de los Ángeles, conocida como la Porciúncula. Su austeridad no apagó la alegría: cantaba, alababa a Dios y anunciaba la paz.
La Porciúncula y los primeros hermanos
La Porciúncula, una pequeña capilla cercana a Asís y dedicada a la Virgen María, se convirtió en el corazón de su experiencia espiritual. Allí, al escuchar el Evangelio del envío de los discípulos, comprendió que estaba llamado a anunciar el Reino de Dios viviendo con sencillez y sin seguridades materiales.
Hacia 1208 comenzó a predicar la conversión y la paz. Pronto se le unieron Bernardo de Quintavalle, Pedro Cattani y fray Gil, entre otros compañeros. Querían vivir el Evangelio en pobreza, castidad y obediencia, trabajar para su sustento y recurrir a la limosna cuando fuera necesario.
La nueva fraternidad no se concebía como un grupo de poderosos, sino como una comunidad de «hermanos menores», servidores de todos. La oración, el amor fraterno y la alegría compartida sostenían su vida cotidiana.
La aprobación de la fraternidad y la Regla
En 1209 Francisco y sus primeros compañeros viajaron a Roma. Wikipedia recoge también la fecha tradicional del 16 de abril de 1210 para la aprobación y fundación formal de la Orden. Presentaron a Inocencio III un proyecto de vida inspirado en el Evangelio y recibieron su aprobación oral. La pequeña fraternidad regresó a Asís y siguió creciendo alrededor de la Porciúncula.
El aumento del número de hermanos y la extensión de las misiones hicieron necesaria una organización más definida. Los capítulos reunían a los frailes para discernir su camino, distribuir las tareas y fortalecer la unidad. Francisco les recordaba constantemente que su vocación solo tenía sentido si permanecían fieles a Jesucristo.
Tras una primera etapa de formulación de la Regla y una redacción más extensa en 1221, la Regla definitiva de los Hermanos Menores fue aprobada por el papa Honorio III el 29 de noviembre de 1223. La pobreza evangélica, la fraternidad y la obediencia a la Iglesia continuaron siendo sus pilares.

Santa Clara y la familia franciscana
Clara, una joven de familia noble de Asís, se sintió profundamente atraída por el modo de seguir a Cristo que Francisco proponía. En 1212 dejó su casa y fue acogida por él en la Porciúncula. Aquel paso dio origen a las Hermanas Pobres, conocidas después como clarisas.
También muchas personas que vivían en sus hogares, algunas casadas y con responsabilidades familiares, quisieron compartir el espíritu franciscano. De ese impulso nació la tradición de los hermanos y hermanas de la penitencia, vinculada a la Tercera Orden Franciscana.
Así, el carisma de Francisco abrió caminos distintos dentro de una misma familia espiritual: la vida de los frailes, la contemplación de las hermanas y el seguimiento del Evangelio en medio de las ocupaciones del mundo.
La misión y el encuentro con el sultán
Francisco deseaba que el Evangelio llegara a todos. Los primeros intentos de viajar a Oriente encontraron obstáculos, pero en 1219 llegó a Egipto, en el contexto de las cruzadas, y se encontró con el sultán al-Malik al-Kamil.
Fue a su encuentro desde la fe, la humildad y el deseo de anunciar a Cristo. El episodio ocupa un lugar singular en su vida: en un ambiente de enfrentamiento, eligió la presencia personal y la palabra. Su testimonio sigue invitando al respeto y a la búsqueda de la paz.
Al regresar a Italia, cedió el gobierno cotidiano de la Orden a sus colaboradores. Aunque disminuyó su participación en la administración, continuó acompañando a los hermanos mediante el ejemplo, la oración y la exhortación a vivir el Evangelio.
El amor a las criaturas y el Cántico del hermano sol
El amor de Francisco a la creación nacía de su fe en Dios Creador. Contemplaba el sol, el agua, los árboles y los animales como dones que invitaban a la gratitud. Llamar «hermano» o «hermana» a las criaturas expresaba su humildad y su conciencia de compartir con ellas una misma dependencia de Dios.
Las tradiciones franciscanas conservan relatos de su predicación a los pájaros y de su cercanía a los animales. El conocido episodio del lobo de Gubbio pertenece a esa tradición narrativa: presenta al santo como mediador de una reconciliación entre el animal y los habitantes de la ciudad. Estos relatos transmiten su espíritu de paz y fraternidad.
Durante sus últimos años, entre enfermedades y sufrimientos, compuso el Cántico del hermano sol, también llamado Cántico de las criaturas. En él, la alabanza al Creador se une a la gratitud por la vida, al perdón y a la aceptación confiada de la muerte. Su alegría no dependía de la ausencia de dolor, sino de saberse amado por Dios.
Greccio: la Navidad vivida con sencillez
En la Navidad de 1223, Francisco quiso celebrar en Greccio el nacimiento de Jesús de una manera que acercara a todos a la pobreza de Belén. La representación del pesebre ayudó a contemplar la humildad con la que el Hijo de Dios había venido al mundo.
Aquel episodio contribuyó a difundir la tradición de los belenes. Para Francisco, la ternura del Niño de Belén y el amor de Cristo crucificado formaban parte de un mismo misterio: Dios se entrega por la salvación de los hombres.
La Verna y los estigmas
En 1224 se retiró al monte de La Verna para orar y hacer penitencia. Allí, según las fuentes franciscanas, recibió los estigmas: señales de las heridas de Cristo en las manos, los pies y el costado. La Iglesia reconoce en este episodio un signo de su profunda unión con Jesús crucificado.
Su salud estaba muy debilitada y padecía una grave enfermedad de los ojos. Aun así, siguió buscando la voluntad de Dios y sosteniendo a sus hermanos. La fragilidad de su cuerpo hizo más visible una entrega que no se apoyaba en la fuerza, sino en el amor.
Muerte, canonización y fiesta
Al sentir cercana su muerte, pidió ser llevado a la Porciúncula. Allí quiso terminar su camino en la misma pobreza que había abrazado, rodeado de sus hermanos y exhortándolos a permanecer unidos en el amor de Cristo.
Murió la tarde del 3 de octubre de 1226, con unos cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. La tradición franciscana llama «tránsito» a ese paso de la vida terrena al encuentro con Dios. Su fiesta litúrgica se celebra el 4 de octubre.
El papa Gregorio IX lo canonizó el 16 de julio de 1228. Su testimonio continúa vivo en la familia franciscana y en muchas personas que encuentran en él una invitación a la oración, la paz, la atención a los pobres y el cuidado agradecido de la creación.
Un testimonio que sigue interpelándonos
Francisco no buscó la pobreza como un fin aislado ni el amor a la naturaleza como una simple sensibilidad. Todo en su vida nacía del deseo de seguir a Jesucristo: el servicio al enfermo, la fraternidad, la alegría, la obediencia y la alabanza.
Su ejemplo invita a revisar nuestras prioridades, a acercarnos a quienes quedan al margen y a convertir la fe en gestos concretos. El «Poverello» de Asís recuerda que una vida sencilla, abierta a Dios y a los hermanos, puede renovar profundamente el mundo.
Biografía elaborada a partir de cuatro textos sobre la vida de San Francisco de Asís. Los relatos de carácter tradicional se presentan como tales. Las discrepancias de fechas se han contrastado con Wikipedia: Francisco de Asís. Para contrastar los principales acontecimientos: catequesis de Benedicto XVI sobre San Francisco de Asís.

